Ese mediodía, en Ciudad de Panamá, estuvo particularmente caluroso, con un cielo que fundía sus azules con el Pacífico mientras cientos de pelícanos se lanzaban en picada para aprovechar cardúmenes casi a ras de la superficie.

El reloj marcaba las doce y cuarenta y ocho minutos cuando el hambre ya empezaba a hacerse sentir, y la mejor alternativa para calmarla era un burrito de doble carne, papas fritas extra grandes y una gaseosa de ocho onzas.

Las papitas estaban crujientes, y dejarlas para el final no era buena idea. Luego de que «esfumaron» de la bandeja, le tocó el turno al burrito, aderezado con picante «mediumᄏ.

Cuando faltaba poco para que el burrito «desapareciera» y el reloj marcara las doce y cincuenta y siete minutos, la mesa empezó a vibrar. Solo había una explicación: la tierra se estaba moviendo con ondulaciones que aumentaban a medida que transcurrían los segundos. El viajero venezolano mantuvo la calma y solo atinaba a mirar el techo para evitar que un trozo se desprendiera e interrumpiera su almuerzo.

Al final de esos cuarenta y tantos segundos, todas las personas que se encontraban en la feria de comida empezaron a abandonar el recinto, con pasos apresurados para evitar un nuevo susto.

La gente se agolpaba en las aceras y en las entradas de los edificios residenciales, procurando darse ánimo mientras sostenía a gatos, perros y hasta loros en sus regazos.

El camino a casa fue largo: el transporte público estaba colapsado en calles y avenidas repletas de vehículos que avanzaban pocos metros por minuto. La mejor decisión fue mantenerse sereno; total, era el segundo terremoto vivido por el viajero en menos de cuatro meses.

La tierra no dejaba de inquietar, pues, en intervalos cortos, hubo réplicas que demostraban que aún le faltaba asentarse por completo. Esto causaba angustia tanto en propios como en extraños; sin embargo, lo que mantuvo la calma en la colectividad fue que esos movimientos fueron más leves.

El sol ya empezaba a ocultarse en el horizonte. Una noche fresca acompañaba a miles de panameños rumbo a sus hogares mientras prestaban atención a los comunicados oficiales de las autoridades sobre los pasos siguientes.

Ya en el apartamento, a diez pisos de altura, lo reconfortante fue una ducha fría para aplacar el calor y fortalecer la serenidad. Menos mal que el servicio de agua no se vio afectado, pues una aromática taza de café sirvió para contemplar desde el balcón el sosiego de una ciudad que supo desarrollar un sistema antisísmico óptimo y digno de emular en cualquier rincón de la Tierra.

Un país se desarrolla sobre «bases sólidas» de ciudadanía y con políticas públicas claras que preservan la integridad de toda su infraestructura y, en consecuencia, la de toda la población.

Panamá mostró al mundo que, cuando se hacen las cosas bien desde un principio, los buenos resultados no tardan en alcanzarse. Quizás eso fue lo que faltó durante las últimas tres décadas en el país que se localiza al norte de Sudamérica.

No hay que olvidar que es en los momentos de crisis cuando se demuestra la solidaridad y la fraternidad que deben alcanzar a todos por igual, sin distinción de credos ni condiciones sociales. Es suficiente demostrarlo con una sonrisa, un abrazo y, en especial, una palabra de aliento.

Antonio Rivas

Especialista en Desarrollo Sostenible y Turismo comunitario y rural.

13 de octubre del 2026

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