(Juan 1, 1-18)

El versículo-título de esta reflexión correspondiente al II domingo después de Navidad está orientado directamente al Logos, es decir, al Verbo, a la Palabra, a la Sabiduría de Dios.

En estos momentos, teniendo frente a nosotros la Palabra —el Logos— que entabla “diálogo sincero con los hombres”, es oportuno interpelarnos: ¿Aún la tenemos como el medio por el cual Dios se nos muestra Señor y dador de todo bien?

La verdad es que Dios no se queda mudo.

Su Palabra nos sigue orientando hacia una profesión coherente de la fe; a esta orientación —puedo llamarla “la ruta del Logos hecho carne”— no podemos trazarle un límite objetivo; es imposible determinar hasta qué punto nos sirve: “En el principio —habla la sabiduría en la 1ª lectura— antes de los siglos, me formó y existiré para siempre”.

Este pensamiento omnipotente es siempre actual y auténtico: es clave para la comprensión del mensaje de la Sagrada Escritura. En efecto, el Salmo asegura: “Él mantiene la paz en tus fronteras, con su trigo mejor sacia tu hambre”.

En este sentido, el evangelista al referirse en el prólogo a Juan Bautista acentúa esta descripción: “Este vino como testigo, para dar testimonio de la luz”.

Como a Juan, la luz de la divinidad viene en ayuda nuestra, pues, tenemos que ser certeros y sinceros a la hora de evaluarnos sobre cuál de estos aspectos prevalecen más en nuestra vida: luz/tinieblas, vida/muerte, aceptación/rechazo.

La luz de la divinidad nos ilumina los modos para sostener y preservarnos en el ámbito de su claridad, incluso cuando parecieran dominarnos las obras de las tinieblas; de igual manera, nos ilumina los mandamientos sagrados que facilitan una convivencia bienhechora con nuestros semejantes; al respecto, Pablo expresa estas palabras a la comunidad de Éfeso: “Me he enterado de la fe de ustedes en el Señor Jesús y del amor que demuestran a todos los hermanos” (2ª lectura).

La fe y al amor fraguados por la erudita guía de la Palabra de Dios, transforman profundamente nuestras estructuras internas cuando están corroídas por la avaricia y el odio, y de tal manera, transforman inevitablemente las estructuras sociológicas, y gracias a lo cual no sólo nos sentimos capaces de juzgarlas según criterios mundanos, sino, además, y con mucho peso, sagrados.

La condición indispensable para vivir vida divina, es la de dejarnos orientar con confianza en la seguridad de quien San Juan dice:

“Y aquel que es la palabra se hizo hombre y habitó entre nosotros”.

Porque, “sin él nada empezó”.

04-01-26

Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.

horaraf1976@gmail.com