Vi un gentío inmenso, imposible de contar

(Apocalipsis 7, 9)

Solemnidad de Todos los Santos

Esta frase, título de esta reflexión, supera toda fuerza improvisadora y toda imaginación ágilmente creativa. Por supuesto, solicita al creyente y al lector de estos párrafos de Apocalipsis 7, 2-4.9-14, una fe sincera y una rigurosa seriedad erudita, porque cualquier cálculo afín al “gentío inmenso” es ineficaz para una conclusión humanamente categórica; en efecto, la profundidad de la Sagrada Escritura supera a la de Mateo, Juan o Pablo, pues su autor cardinal es Dios, y quien la lee y la investiga jamás puede ser auténtico maestro, sino aprendiz. Así, esa expresión del Apocalipsis nos motiva más bien a alimentarnos constantemente con la Palabra de Dios (Dei Verbum, 23), y, antes de procurarnos investigaciones cronológico-estadísticas, aprendamos a escuchar esta pregunta del anciano, «“estos que están vestidos con vestiduras blancas, ¿quiénes son y de dónde han venido?”» (v.13), pues en verdad la respuesta a tal pregunta no es la ideada por nosotros, «“Señor, tú lo sabes”» (v.14), ya que, en lugar de una multiplicidad de opiniones, con gozo y esperanza prefiramos escuchar: «“esos los que vienen de la gran persecución; han lavado y blanqueado sus vestiduras con la sangre del Cordero”» (v.14).

Ahora, ¿quiénes son los que han lavado y blanqueado sus vestiduras con la sangre del Cordero? Los que a través de la Palabra han alcanzado no únicamente la satisfacción de un conocimiento, sino, asimismo, y lo mejor en grado superlativo, fruición en el amor de Dios; en este enfoque, la cuestión formulada acierta una brillante respuesta en Mateo 5, 1-12, donde están las ocho bienaventuranzas, texto del evangelio de hoy, y Lucas 6, 20-26, el cual las compendia en tres. Ellas, tal cual las exponen estos escritores sagrados, procuran este objetivo general: hacernos por el temor y el amor a Dios, mansos por la piedad y fuertes en el conocimiento de perspectivas amplias e interesantes, con las cuales dominamos la soberbia y el egoísmo, despertando el bien de nuestras obras en el socorro al prójimo amigo o enemigo. Con este más fatigoso, pero no imposible.

Dicho esto, en la inaugural bienaventuranza el Maestro acentúa: dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos (Mt 5, 3). Es decir, hombres y mujeres que nos han demostrado no sólo el sonido y el ruido del nombre Dios en sus bocas, sino la alegría de un corazón engrandecido con la pobreza que enriquece (cfr. 2Cor 8, 9).

Ha habido los que purifican su mirada con las lágrimas, porque así han llegado a ver valores más adelantados que los del poder, el dinero, la carne, las imágenes obscenas, etc., además, de tal forma depuraron la mirada de su espíritu, escondida por los fantasmas producto de aquellas cosas, que esclarecieron confianza en Dios y su esposa la Iglesia Católica; en efecto, el Cordero (cfr. Ap 7, 9.14) exclama: dichosos los que lloran, porque serán consolados (Mt 5, 4).

Hemos oído el testimonio de los que han hecho una esperanzadora elocuencia del sufrimiento, y no por eso mostraron masoquismo, porque en esa escuela espiritual aprendieron no a despreciarlo, sino a acogerlo y a ofrecerlo con alegría, incluso, por los más odiosos que el odio, pues en realidad han deseado para ellos salvación y no desamparo en su precipicio; por ende, del Señor es la tierra y lo que ella tiene (Salmo 25), y muy acertadamente nos ha indicado: dichosos los sufridos, porque heredarán la tierra (Mt 5, 5).

La historia de muchas regiones del mundo, y especial la nuestra, ha evidenciado la calidad virtuosamente humana, empapada en el verbo del Verbo hecho carne (cfr. Jn 1, 14), de variedad de personas que, con perseverancia y renuncias a toda coacción física o psíquica, han testimoniado en palabras y acciones clarísimas y en lenguaje humilde que la búsqueda de lo correcto no es exclusivamente cuestión de ciencia, sino además, y esencialmente, de una diligencia que hace a los seres humanos merecedores de adquirirla y defenderla, pues desde el amor singular que nos tiene el Padre (cfr. 1Jn 3, 1), notamos el susurro de estas locuciones: dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados (Mt 5, 6).

Una personalidad sin benevolencia es la de quien no ha aprendido nada de la vida; pero, en tantos hombres y mujeres hemos constatado que el método por el cual han orientado sus pasos en la consecución de la afabilidad lo han hallado en la verdad de la Pasión de Cristo, la cual permanece siempre idéntica a sí misma para hablarle al corazón sea al justo que al pecador; por tal motivo, el Dios vivo (cfr. Ap 7, 2) alentadoramente nos asevera: dichosos los misericordiosos, porque obtendrán misericordia (Mt 5, 7).

Muchas personas nos han confirmado que el genuino rostro de Cristo lo han descubierto lentamente, ya que, cuando han tenido seguro de haberlo descubierto en situaciones, top contradictorias, inclusive en círculos religiosos pero viciados con la arrogancia de los primeros puestos y del escalar peldaños pateando al otro, es como si pretendieran exigirle, para que tú puedas ser nuestro maestro, cuando en realidad él quiere serlo en aquellos que repetidas ocasiones no queremos ver (cfr. Mt 5, 38-48; 25, 31-46); de hecho, el Dios en el que ponemos la esperanza (cfr. 1Jn 3, 3), nítidamente nos revela: dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios (Mt 5, 8).

Una muchedumbre nos ha corroborada que los que han bregado por la concordia no son tan pocos ni tan desconocidos, puesto que, conjuntamente de dar razones de tal ajetreo —brega por la concordia— creyeron amante, humilde y abiertamente en Aquel que, con su pedagogía divina, aseguró su perseverancia en ella, y del cual atendemos: dichosos los que trabajan por la paz, porque se les llamará hijos de Dios (Mt 5, 9).

Dentro de esa muchedumbre encontramos a quienes, si bien amenazados y silenciados inicuamente, han justificado que el triunfo de la rectitud propone un amor que pide y busca, llama y descubre (cfr. Mt 7, 6), ya que él les ha garantizado que las cosas provechosas no quedan encubiertas en las inútiles o en las fraudulentas; de hecho, han sido diversos los que han logrado una fructífera labor, asiéndola no a las fugaces opiniones, sino a la energía de esta perdurable cadencia: dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos (Mt 5, 10).

Y, en consecuencia, repasando los versículos con los que concluye el evangelio de esta Solemnidad de Todos los Santos (cfr. Mt 5, 12-13), titila en nuestra mente y corazón esta pregunta: ¿Saltamos de contento, sin disimulo de nuestras limitaciones, cuando nos injurian, persiguen y dicen cosas falsas de nosotros, creyendo irrefutablemente que eso lo ganamos porque estamos haciendo lo que Jesús enseña y quiere?

 

01-11-24

Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.

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