Sonrisa genuina en los cielos

El vuelo AF 436 a Bogotá, programado para las 15:40 horas, estaba a tiempo; todo transcurría con normalidad. Los pasajeros aguardaban el llamado para abordar por la puerta M50 del Charles de Gaulle.

El viajero sudamericano aprovechó para poner al día sus correos electrónicos y la agenda; se ilusionaba porque este penúltimo trayecto lo acercaba más a casa luego de un largo peregrinar entre Yereván y Milán.

A medida que los asientos se ocupaban, los sobrecargos mostraban su mejor disposición para organizar el equipaje de mano en los compartimientos superiores. No podían faltar los pasajeros que, aprovechando el duty free, habían “vaciado” literalmente los estantes de licores y perfumes franceses.

Faltando pocos minutos para despegar, la cálida voz de un sobrecargo anunció que el vuelo sufriría retraso por desperfectos en el aire acondicionado. Siempre mantuvo la compostura, transmitiendo tranquilidad y seguridad a los pasajeros; lo logró con genuina empatía y con tono conciliador en francés, español e inglés.

Solventadas las dificultades técnicas y tras 43 minutos de espera, el avión empezó a surcar los cielos parisinos. La vuelta a casa, toda una realidad; solo había que mantenerse distraído durante las once horas que duraría el viaje.

Seleccionar una película entre la variada oferta del vuelo parecía difícil, hasta que, entre los títulos, surgió Bohemian Rhapsody, protagonizada por Rami Malek en 2018, resultando la elegida. Acertada decisión, pues el viajero evocó con emotividad los momentos compartidos con su hijo cuando la vieron por primera vez. Para completar la experiencia, el playlist de Queen musicalizó el vuelo una y otra vez.

Entre música y conversaciones con otros pasajeros, el viaje se hizo ameno y corto. El lugar escogido para departir fue la cocina al final del avión; allí, entre risas, café y snacks, surgieron conversaciones profundas y humanas que invitaron a reflexionar sobre el rol de cada individuo en una “aparente” compleja tarea: transmitir felicidad y fraternidad a todos por igual, eso sí, con actos simples pero cargados de honestidad.

El viajero sudamericano aprovechó un ligero descanso de la tripulación para pedir su tercer café. El destino quiso que la persona que le preparase el café fuese el sobrecargo que “calmó” a los pasajeros durante el retraso del vuelo en pista. Fue un momento agradable y colmado de lecciones de vida, porque en su espontaneidad quedaba al descubierto el deseo de promover fraternidad y convivencia pacífica en un marco de respeto. Expresó que lo que consideró dificultades en su vida se transformaron en enseñanzas que fortalecieron su personalidad y carácter.

Faltando menos de dos horas para pisar suelo bogotano, el viajero endulzó el momento con dos helados de chocolate y vainilla. ¿Cómo los consiguió? Fue una muestra de agradecimiento de un ser noble que, con una breve conversación, ratificó que vale la pena y tiene sentido ser buena persona, sin importar los contratiempos que la vida pone en el camino.

Sin duda, hay que tener los pies bien puestos sobre la tierra para comprender la importancia de ser feliz y transmitir felicidad a otros, pero, en ocasiones, esa misma determinación se consigue a miles de pies, en los cielos.

Antonio Rivas

Especialista en Desarrollo Sostenible y Turismo comunitario y rural.

16 de junio del 2026

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