(Juan 3, 16-18)
Dios ama al mundo, y su amor permanece inmutable, aunque en variadas ocasiones el mundo lo contradiga.

Cierto, en el mundo está y vive el hombre, y Dios, con un amor incondicional, se conmueve por el hijo de sus entrañas.

El Señor tiene una paciencia infinitamente dilatada. Y Su perfección no consiste en el desapego; es la del amor en acción.
ÉL es constitutivamente misericordioso.
En el mundo Dios no ha instaurado un despotismo teocrático, sino su Reino al cual cooperamos como “un proyecto de hermanos”.

Este Reino en lugar de asentir al colapso de las instituciones humanas, más bien alienta a los hombres y mujeres que las conforman, al amor social, al perdón y a la restauración interna.

Por supuesto, si sus miembros —hombres y mujeres— actúan con egoísmo, aficionados al legalismo, al orgullo, a la presunción de los dones espirituales e intelectuales, y a la mera elocuencia, de ninguna manera serán el sustento de la apertura dialógica hacia al Otro.
Necesitamos esta apertura para no rebelarnos a la comunión en donde somos diversos en la unidad.

Precisamente en esa comunión experimentamos el drama de la libertad y la responsabilidad.

El drama de la libertad, porque Dios no nos somete a la comunión por la fuerza; al contrario, con mucha paciencia espera que abandonemos los mecanismos de autojustificación y nos abramos a la transformación.

El drama de la responsabilidad, porque la apertura a la transformación no radica en el asentimiento intelectual a una lista de preceptos abstractos o al capricho de los tribalismos, tampoco tal drama nos lanza al contraataque defensivo del ego; nos convoca a centrarnos en Cristo, porque, aunque recibe los golpes de la injusticia humana, es lo suficientemente fuerte para no devolverlos, y lo suficientemente apacible para recalcarnos:
“Dios no envió a su Hijo para condenar el mundo, sino para que el mundo se salvara por él”.

Con este obrar divino Jesús llama al reconocimiento de la soberanía absoluta del Padre.
Ante ella las ambiciones humanas, la soberbia antropocéntrica, las quejas del ego, son efímeras, y en lugar de humillarnos y sujetarnos a ellas, más bien movámonos a postrarnos ante el Creador.

Esta postración asimismo reconoce la fidelidad inquebrantable de Dios, incluso cuando le fallamos. En ella invoquemos: La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo (cf. 2ª lectura, 2 Cor 13, 11-13).

31-05-26
Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.
horaraf1976@gmail.com