Cientos de personas en la plaza aguardaban los destellos de la alborada, esperando que se desvanecieran los temores e incertidumbres surgidos por el crujir de las entrañas de la tierra la tarde anterior.
Los rostros reflejaban el cansancio de una noche interminable, muchos somnolientos, pero todos con algo de esperanza interna. Parecía que lo más duro había pasado; solo bastaba aguardar el nuevo amanecer con convicción y el claro deseo de enfrentar cualquier calamidad de la mano de la familia, en comunidad, donde todos tuvieran la posibilidad de aportar para un bienestar común.
Las aves empezaron a trinar y revolotear por los alrededores, impregnando el ambiente con una melodiosa manera de dar la bienvenida al sol.
Progresivamente, la plaza fue quedando vacía, la gente marchando a casa para sentir el calor del hogar, que a partir de ese momento tendría las grietas que el terremoto dejó, demostrando que contra la naturaleza no habrá poder humano que ose desafiarla.
Los mensajes colapsaron el teléfono; en ellos solo se leían y escuchaban palabras de solidaridad, de amor y de buenos deseos para que la vida fuese retomada sin altibajos o, al menos, que el futuro manejo de las adversidades ayude a asimilar que cada vivencia, por compleja que resulte, será una lección donde lo primordial es ser feliz y siempre contribuir con la paz y felicidad del prójimo.
Muchos vidrios por recoger, pinturas caídas y con sus marcos rotos, portarretratos e historia familiar desparramada por el suelo; pero una fe incólume y un deseo de superación a prueba de movimientos telúricos.
En las postrimerías de la tarde todo parecía estar en calma, aunque algunas sacudidas de menor intensidad “movieron sentimientos” varias veces; no bastaron los dos sacudones del día anterior.
A la corteza terrestre le espera un largo camino para asentarse; de nuestra parte, todo será cuestión de adaptación y de comprender que la vida tiene un contexto complejo, a veces inentendible, pero siempre natural, a pesar de la desolación que causa en aquellos que actúan sin asumir que, para que haya una genuina convivencia fraterna, se debe respetar los espacios y ciclos naturales de personas, animales y hasta de elementos que, aunque sean inanimados, siempre terminan por generar cambios profundos en la faz de la tierra y en todos sus habitantes.
Sobre la estufa, una vieja cafetera moka impregnaba el ambiente con aroma de café guatemalteco, mientras decenas de guacamayas surcaban los cielos caraqueños y se posaban serenamente en ventanas y azoteas de edificios vecinos.
La naturaleza no deja de sorprender gratamente, en especial ante la necesidad de “alimentar” el espíritu en un escenario de sobrecogimiento. Las guacamayas se dejaban escuchar; parecían transmitir esperanza y fortaleza, pues saben que, sin importar las dificultades, cada mañana despiertan con la certeza de conseguir alimento, luz y vida. Solo les basta alegrar su entorno con bulliciosos sonidos, que parecen desafinados, pero están cargados de sinfonías.
La humeante taza permitió disfrutar de un gustoso café geisha cultivado en las montañas chapinas; sirvió como bálsamo para el alma. Las esperanzas empezaban a brotar, contemplando desde el balcón las verdes laderas de El Ávila y las guacamayas retornando seguras a sus hogares en lo profundo del bosque capitalino.
Antonio Rivas
Especialista en Desarrollo Sostenible y Turismo comunitario y rural.
21 de julio del 2026



