(Mateo 18, 21-35)

Cuando ponemos en práctica el perdón, esto es, pedirlo y aceptarlo, hemos de asegurarnos de que nuestro corazón no nos falle, porque tal vez nos decimos ante las prácticas de aquellas acciones: ¿Y qué? No conviene llenarnos de miedo o atemorizarnos y, sin embargo, en la primera lectura (Ecl 27, 33—28, 9), encontramos este pensamiento: “Si un hombre le guarda rencor a otro, ¿le puede acaso pedir la salud al Señor?”.

Desde nuestras familias, desde el seminario y desde el ejercicio de nuestro ministerio sacerdotal, no hemos escuchado esta salida: «Métanle miedo a la gente, apodérense de ella y pónganla a sufrir inmerecidamente o más de lo que ya padecen». Tampoco nos han enseñado ni empujado a encubrir las injusticias, pues en lo que más nos han insistido —y por ende nos seguimos insistiendo, aunque con no pocos sacrificios— es a rechazar lo malo y elegir lo bueno (cf. Is 7, 16). Por eso, es justo escrutarnos al final de nuestras jornadas: ¿Con cuál de estos adjetivos —bueno, malo— hemos hecho más coalición? Pero tampoco olvidemos que Dios nos acompaña y está siempre pronto a hacer lo imposible, con tal de que sepamos contar con él; de hecho, en la segunda lectura (Rm 14, 7-9), Pablo subraya: “Si vivimos, para el Señor vivimos, y si morimos, para el Señor morimos”.

Ante la prontitud de enriquecer un comportamiento sinceramente generoso —repasemos toda la perícopa del evangelio de este XXIV domingo del tiempo ordinario—, no nos quedemos con la actitud que este dicho nos hace imaginar: Soñamos con él, pero no se nos aparece. En los párrafos del evangelio, Jesús no nos exige inflexiblemente que, para ser ecuánimes y coherentes en palabras y obras, hemos de esperar recibir una visión exactísima, porque en tal caso la justicia ya no sería una virtud alcanzable, ya que de aquel modo nunca la veríamos.

De esta forma, la frase elegida como versículo-título de esta reflexión, “ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo”, la presenta Jesús tanto expresada por el deudor de muchos millones como por quien a este le debía poco, y así es un claro reflejo de los que tienen la palabra perdón, justicia, solo en la boca y siguen sus actuaciones sin prestar siquiera atención a que, en cuanto a lo equitativamente humano, están fuera de contexto.

Sin duda, la caridad divina no tiene límites (en el siglo I d. C. una deuda de 10 000 talentos era exagerada, no bastaban 200 000 años de trabajo para cubrirla), pues llega allí donde el hombre tampoco le establece límites a la compasión por el otro; en efecto, exclama el salmista: “No nos trata como merecen nuestras culpas, ni nos paga según nuestros pecados” (Salmo 102).

13-09-26

Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.

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