Por: Rosalba Castillo…
Despertar debería ser el mejor momento del día. Es volver a la vida después de esa muerte diaria que es el sueño. Venezuela amanece pintando el cielo y rociando las montañas, pero también ese amanecer se ha convertido en un ejercicio de incertidumbre. Las constituciones de los países, convierten al estado en el proveedor de los servicios públicos de los ciudadanos, contemplándose como un derecho humano.
Pareciera que los merideños libramos diariamente batallas, mientras construimos la cotidianidad entre el caos: el que se despierta sin luz, sin agua, sin gas, sin conectividad pero con mucha esperanza; el que está en la cola hasta por tres días para surtir de gasolina su vehículo, esperando que con suerte pueda lograrlo; los que amanecen en fila para comprar gas doméstico sin importar la lluvia y el frío; los que se apuestan en la puerta del banco para cobrar la pensión que sólo alcanzará para el queso; el que espera con ansiedad la llegada de la energía eléctrica pensando cómo aprovecharla; aquel que espera por largo tiempo el transporte público para llegar tranquilo a su casa; aquel que convierte su moto en unidad de carga mientras traslada bombonas; esa madre que no puede preparar los alimentos por falta de dinero para comprarlos, mientras espera la solidaridad de amigos y vecinos; ese que está en casa a oscuras, deprimido, pero se alumbra con una vela; el que está a las puertas del hospital esperando ser atendido por un médico a sabiendas que ellos no son prioridad para surtir la gasolina; el que reza y cruza los dedos para que le alcance el dinero y no le cierren el supermercado por las restricciones horarias; el que aclama al santoral para que la conectividad se mantenga; el que tras mucho esperar para ser revisado por el médico pero consciente que no tiene dinero para los medicamentos; el que ya no puede caminar pues destruyó su único par de zapatos y espera una donación; el estudiante que ya no puede ir a estudiar en la universidad y lo hace virtualmente; al que la censura lo mandó a la cárcel y espera poder salir; el médico que conoce que se puede contaminar pero salva a su paciente; la madre con hijos desnutridos, pide alimentos; el maestro que ya no tiene alumnos y va a buscarlos; los alumnos que no tiene maestros por la diáspora y una mamá asume el cargo; los niños abandonados por la migración de sus padres, les esperan cada día; el que recicla el agua para cocinar, bañarse y limpiar; el que va al campo por leña para hacer su fogón para cocinar; el que no logra comer sino una vez al día y espera a alguien generoso; el comerciante que tuvo que cerrar su negocio y hace entregas a domicilio; el que se fue del país y solo desea regresar; el que atraviesa el puente para buscar su remesa del exterior; al que le suspendieron el programa radial del aire por incomodar y mañana regresa nuevamente; al que no le llega su bolsa del clap y sus vecinos son solidarios; al que le cambiaron sus horarios laborales, de sueño y se adapta; a la madre que le asesinaron a su hijo y perdona; a la abuela que la diáspora le dejo nietos y sale a trabajar para mantenerlos; a los que no tienen movilidad entre municipios y pasan por el río para llegar al trabajo; al que se contagio de covid-19 y los más cercanos le llevan alimentos; el que no puede llevar sus hijos a la escuela y sus vecinos lo apoyan con el traslado; los médicos que no tiene prioridad para surtir gasolina y no dejan de llegar a sus centros de salud; las escuelas que se han visto virtuales y alguien cercano apoya a algunos estudiantes con el acceso a internet; el que agotó su servicio de gas y hace cocinas comunes en su residencia; al que con la caída del servicio de telefonía cambia los chip cuando pierde señal.
Los merideños hemos perdido mucho. Pese a que pudiésemos lucir agotados, no perdemos nuestra alegría y hemos logrado la manera de reinventarnos en esta crisis multidimensional. Hacemos resistencia ciudadana cada amanecer. Hemos sido contagiados por una sobredosis de esperanza y solidaridad. La vida es un desafío diario. A pesar del control de los servicios públicos que nos roban nuestros derechos humanos, en medio de las pandemias, de la incertidumbre con la que nos despertamos, nos hemos unido a diversos organismos para reconstruir la democracia y trabajar en procesos de justicia y denuncia. Todas las pandemias tienen un final así que juntemos fuerzas para superar esta emergencia. Reconozcamos qué hemos hecho y cómo vamos creciendo como ciudadanos.
rosaltillo@yahoo.com



