La Palabra de Dios en el XXIV Domingo del Tiempo Ordinario
En el discurso antropológico y literario, el camino ha adquirido a menudo una dimensión simbólica, acabando por representar el camino del hombre, su vida. Incluso por parte de los evangelistas, el camino ha sido retomado a la vez como símbolo del Hijo del hombre caminando hacia la cruz, y como camino humano pavimentado con el llanto del dolor y de la muerte. Desde las obras maestras de la antigüedad hasta nuestros días, no hay discurso más radical y apasionado que éste, y las respuestas, que se han sucedido a lo largo de los siglos, no son más que intentos de hacer frente al dolor, escándalo supremo, que nos aflige. ¿Es posible despojar al sufrimiento de su carga mortal? ¿Cómo aceptar el desaire que el dolor y la muerte infligen a un hombre sediento de vida? En la historia del siervo de YHWH, presentada en la primera lectura, y del siervo que Jesús propone en el Evangelio, el camino de Dios se cruza con el camino humano, señalando un sentido.
El Evangelio: Mc 8,27-35
La palabra evangélica profundiza el discurso que acabamos de iniciar. Se destaca la mención del camino, con el interrogatorio de Jesús a sus discípulos por el camino. Por los caminos de Galilea, Jesús había revelado su camino mesiánico, y los discípulos llegan por fin a reconocerlo, por boca de Pedro, que proclama: «Tú eres el Mesías». Pero eso no es todo. No basta con profesar la fe para ser discípulo. Pedro -y con él cada lector- está llamado a aceptar la imagen de un mesías escandaloso, que -como el siervo- no viaja en alas del consenso popular. Para ser verdaderos discípulos, enseña Jesús, es necesario tomar la propia cruz. Una palabra dura y escandalosa, que comprenderla y meditarla más que ninguna otra, porque caracteriza la identidad del Dios cristiano.
Tomar la cruz significa ante todo pertenecer a Alguien. Desde el punto de vista cristiano, la cruz no es ante todo el símbolo del ascetismo, ni mucho menos el símbolo de la resignación. Dios no creó el sufrimiento y la muerte. La cruz es ante todo el símbolo de un amor que tiene el poder de transfigurar el fracaso y la muerte. El profeta Ezequiel habla de un hombre vestido de lino que recibe la orden de Dios de marcar la frente de los fieles con la letra hebrea tau. En la antigüedad, la letra tenía forma de cruz (T). También en Ap 7 un ángel sella la frente de los 144.000 y, en la iglesia primitiva, la letra tau especifica el seguimiento cristiano. Este es el significado de la cruz: signo de pertenencia, lealtad y victoria. Ciertamente, los lectores reales de Marcos tenían ante sus ojos a los condenados a muerte obligados, según la costumbre romana, a llevar sobre sus hombros el madero del suplicio, pero a sus ojos el Maestro había transfigurado la condena en fidelidad y amor.
La segunda anotación explica con más detalle el significado de la cruz. Jesús relaciona la cruz con la abnegación. ¿Cómo hay que entender este vínculo? La psicología insiste con razón en la autoaceptación como fundamento de todo auténtico crecimiento humano y espiritual. Pero la propuesta evangélica se sitúa en otro nivel. La petición de Jesús exige un cambio de perspectiva, pasar del yo al Otro. Al pedir negarse a sí mismo, Jesús presenta una salvación, que no pasa por los caminos del egoísmo y la idolatría, sino por los caminos de la oblación, en la relación con Aquel que dio su vida «como rescate por muchos».
Salvar y perder la propia vida representan, por tanto, dos modos de relacionarse con la propia existencia concreta. La primera consiste en elegir vivir para el propio éxito y poder, la segunda consiste en elegir vivir y morir por el Otro/los otros.
Esta es la alternativa planteada por Jesús: la voracidad del «yo» lleva al mundo y a los seres humanos a la ruina (es lo que desgraciadamente estamos viviendo); hacer del yo el fin último a perseguir, destruye toda relación. Sólo el don de sí conduce a la salvación. No se trata de una incitación destinada a estimular un camino ascético de renuncia a sí mismo, ni de una invitación a una autoestima sometida; no se sugiere un desapego estoico de uno mismo y de las cosas del mundo. Se trata de una cuestión sobre el sentido de la vida y el poder que la fe puede implementar en quienes aceptan la Palabra. Porque en la fe no sólo tiene sentido la flor que florece, sino también la hoja que se marchita.
Pbro. Dr. Ramón Antonio Paredes Rz
e-mail: pbroparedes3@gmail.com
15-09-2024




