(Mateo 14, 13-21)

Las palabras del versículo elegido este XVIII domingo del Tiempo Ordinario como título de la siguiente reflexión pueden comprenderse, en primer lugar, como parte de la descripción de la sincera y atinada compasión social del Maestro; pero, en segundo lugar —y como la siguiente razón de mayor peso—, de la definición de una “teofanía eucarística” por la cual el Maestro desvela su mesianidad como el nuevo Moisés, partiendo de esos dos caracteres para entrelazar la prefiguración de la Iglesia y el ministerio sacerdotal.

Ahora bien, la persona de Cristo hace de estos signos —compasión social, teofanía eucarística, mesianidad, prefiguración de la Iglesia y ministerio sacerdotal— signos perfectos de su presencia real; por supuesto, si del trabajo de interpretación de los mismos y de la misma actividad intelectual de aquello que oímos del texto sagrado de este domingo suprimiéramos ese trabajo y esa actividad centrados en Él, solo nos quedaríamos con un sistema radical de signos muertos.

En otros términos, los actos consumados por Jesús —«tomó los cinco panes y los dos pescados, y mirando al cielo, pronunció una bendición»— no remarcan solamente la resistencia de los discípulos ante una situación ruda pero no absurda: «estamos en despoblado y empieza a oscurecer. Despide a la gente para que vayan a los caseríos y compren algo de comer». Muestran también el esfuerzo de nuestra parte —al escuchar actual y realmente el imperativo jesuítico «denles ustedes de comer»— de desenvolver un «brío bienhechor». En función de este brío, y para su realización, la pregunta del profeta Isaías («¿por qué gastar el dinero en lo que no es pan y el salario, en lo que no alimenta?», primera lectura, Is 55, 1-3) de ningún modo queda inexpresada, como si el mandato «denles ustedes de comer» estuviese dirigido a espíritus desatentos.

Jesús multiplica los panes —además sobraron doce canastos y comieron cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños— y en eso es insustituible. Con ello se impone absolutamente a quien quiere poseer y desenvolver el arte de la caridad; pues, si esta es más que una noción puramente técnica, entonces en su práctica ninguno es nuestro suplente. De ella permanece en cada hombre y mujer una significación invariable y concreta; su realidad, designada por la definición, es la elaborada en acto, la elaborada en el tiempo. Para esta efectiva realización, el salmista indica: «Bueno es el Señor para con todos, y su amor se extiende a todas sus criaturas» (Sal 145, 9).

No hemos de hacer indeterminadas las resistencias al bien que Cristo puede sin duda ejecutar a través nuestro; más exacto es escuchar su mandato inspirador —«tráigamelos»—, después de esta negación: «no tenemos aquí más que cinco panes o dos pescados», con el objeto de apoyarnos en la energía mística de estos interrogantes paulinos: «¿Qué cosa podrá apartarnos del amor con que nos ama Cristo? ¿Las tribulaciones? ¿Las angustias? ¿La persecución? ¿El hambre? ¿La desnudez? ¿El peligro? ¿La espada?» (segunda lectura, Rm 8, 35.37-39).

02-08-26

Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.

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