Si uno analiza la historia reciente con fría ironía, descubre que la situación de Venezuela no encaja en los análisis geopolíticos, sino en las revistas de entretenimiento. Es el prototipo perfecto para una serie de narcos original de Netflix, completamente verificada y con sello de garantía.
 
Tiene absolutamente todos los ingredientes para arrasar en audiencias. La gran ventaja para la producción es que se ahorrarían millones en casting y caracterización. Los políticos corruptos, los sicarios, los lavadores de dinero y los testaferros ya vienen listos de casa; llevan años haciendo la mejor actuación de método en la vida real. Y el giro de guion que deja pasmado a cualquiera es su desenlace; no hay persecuciones trágicas ni consecuencias terrenales. Todos viven felices, tranquilos, transmitiendo en vivo por redes sociales, viajando en jets privados y celebrando la impunidad en sus mansiones (aunque uno se pregunta qué tanta felicidad real cabe en esas conciencias y cómo será el día en que Dios, con su justicia imparable, les pida cuentas). Es la primera franquicia de crimen organizado con final feliz asegurado para los narco gobiernos.
 
El verdadero acierto de la trama está en sus personajes principales. No hace falta definirlos ni explicarlos, todo el mundo sabe exactamente qué son y por qué todos se pelean descaradamente por ellos. El oro, la droga y el petróleo son las codiciadas estrellas de la pantalla que todo el mundo quiere controlar, disputarse y repartirse como botín.
 
Lo irónico es cómo la realidad ridiculiza al propio guion. En un giro casi surrealista, la única «guerra rápida» que se ha visto resolver en cuestión de minutos terminó con la captura de Nicolás Maduro porque alguien dio la ubicación exacta, dejando la escena lista para que Donald Trump declare abiertamente que el botín de Venezuela hay que repartirlo para ellos y administrarlo sin rodeos. Después de ahí, la vida en la cúpula continúa en Los Ángeles o en Nueva York, donde los capos y presidentes ilegítimos libres caminan por las calles y hablan con la retórica llena de falacias, como si nada hubiera pasado.
 
Cuidado y con tanta realidad no terminen ganándose el Óscar, aunque hay que admitir que en esa alfombra roja se verían mucho mejor vistiendo de cuello blanco y lucirían un tono bastante peculiar llevando un grillete en el tobillo.
 
Y para cerrar, la ñapa:
El clímax perfecto de la temporada no ocurre en una guarida clandestina, sino en estos mismos días en Nueva York, en plena sede de las Naciones Unidas. Ahí, en el escenario más elegante del planeta —donde en teoría se supone que se habla de democracia, derechos humanos y paz—, «los oradores socialistas» suben al atril en trajes de alta costura a dar encendidos discursos que veremos a continuación… Una puesta en escena magistral donde cada intervención le aclara al espectador qué tan «unidas» están en realidad las Naciones Unidas. 
 
¿Esta historia continuará…?
Pbro Danny Xavier Peña Dávila 
 

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19-09-2026