16.4 C
Merida
miércoles, abril 15, 2026

Por la calle real: Toro en la academia

Por: Fortunato González Cruz…

La Academia de Mérida fue el magnífico escenario para presentar el número 34 del “Manual del Aficionado Taurino” y el primer número del anuario “Taurociencia”. Me referí a la polémica sobre las corridas de toros en palabras que reproduzco parcialmente.

La lidia del toro bravo es el espectáculo donde se prueba la infinita capacidad del hombre para crear arte, en este caso, a partir de la confrontación entre la fuerza bruta de un animal feroz y un ser inteligente en el que se pone por medio la vida del artista. Sobrevive en una sociedad urbana cada vez más acostumbrada a la rutina del aburrimiento, del chateo impersonal, de la solitaria expectación de ilusiones producidas en masa en los laboratorios de la tecnología de las emociones, para un espectador arrellanado en su encierro sin otro riesgo que una indigestión, o la artrosis.

Las sociedades urbanas, habituadas a la muerte de sus semejantes intoxicados y asesinados, la entienden, la comprenden, la aceptan y la observan con indiferencia; pero nada quieren saber de la muerte anónima e industrializada de los animales que consumen: De los peces, de los pollos, los conejos y los cerdos cuya muerte se oculta.

De allí quizás la aceptación de la muerte humana y la criminalización de la del animal, una tendencia que animaliza al ser humano y tiende a humanizar al animal hasta traspasar el lindero de los derechos. Vargas Llosa se refiere a este fenómeno actual cuando escribe en El País sobre el Chapo Guzmán, uno de los más sanguinarios criminales de hoy, que “el caso de Sean Penn sólo se entiende por la extraordinaria frivolidad que contamina la vida política de nuestro tiempo, en el que las imágenes han reemplazado a las ideas y la publicidad determina los valores y desvalores que mueven a grandes sectores ciudadanos…El periodismo, por desgracia es también una de las víctimas de la civilización del espectáculo de nuestros días, donde aparecer es ser y la política, la vida misma, se ha vuelto mera representación.”

Los taurinos conservamos muchos valores de la ruralidad entre ellos el amor por la libertad, por la familia, por la amistad, por la naturaleza y por los animales, y quizás resulte paradójico a la sociedad urbana que se crie un animal para darle muerte, en este caso no la muerte anónima del desolladero industrial, sino la muerte heroica de un animal noble, hermoso, bravo, representante de una estirpe que se niega a desaparecer en un mundo urbano enfrentado a la verdad que impone el valor del torero y la casta brava de un toro de lidia. Tan extraordinaria y sublime es su muerte que merece el altar monumental de una plaza de toros.

La lidia del toro tiene su ecología. En ella están los paisajes rurales de las dehesas donde nace y se cría a campo abierto, sin corrales que limiten su libertad; un lenguaje propio rico en palabras, significados y metáforas; la música del pasodoble, del cante jondo y del flamenco que recuerdan la alegría y el dolor de la raza calé; expresiones gastronómicas que ambientan la celebración de la bravura del toro y el triunfo del torero. Pero sobre todo una pasión que lleva al hombre a arriesgar su vida y hacer de ello un espectáculo.

De este ambiente se llena Mérida en su carnaval, como lo ha hecho desde antiguo en las grandes festividades cívicas o religiosas, fiel a una tradición hispana que hace honor a la vida, como lo dice Fernando Savater: “Sí, en el toreo está presente la muerte, pero como aliada, como cómplice de la vida: la muerte hace de comparsa para que la vida se afirme.”

morochodos@gmail.com

Fonprula
Hotel Mistafi