La tarde del 24 de junio no solo sacudió la tierra bajo nuestros pies, sino que también estremeció la conciencia de una nación que ya caminaba sobre el filo de la adversidad. Los terremotos que azotaron varias regiones de Venezuela han dejado una estela de escombros, familias desplazadas y un duelo que trasciende lo material. Pero, en medio de la devastación, emerge una pregunta ineludible: ¿cómo conciliar la angustia por las pérdidas humanas y materiales con la apremiante necesidad de mantener en pie el sustento diario?

La empatía no puede ser un sentimiento pasivo ni un lujo que nos podamos tomar solo cuando las circunstancias lo permiten. Ser empáticos hoy implica reconocer el rostro concreto del sufrimiento, el del vecino que lo perdió todo, el del niño que busca a sus padres entre los escombros, el del anciano que ve derrumbarse el techo que lo cobijó toda una vida. Esa es la realidad que nos convoca como sociedad y que exige una respuesta inmediata, generosa y desinteresada.

Sin embargo, la solidaridad no puede ser el pretexto para paralizar el país. Los empresarios, los emprendedores, los comerciantes y todos aquellos que dependen de sus ventas diarias enfrentan una doble jornada, la de la reconstrucción afectiva y la de la supervivencia económica. Es comprensible que el estado de conmoción invada los ánimos, pero sería un error fatal confundir la pausa necesaria para el duelo con la inacción.

No obstante, conviene despejar una ambigüedad moral que empaña este panorama. Así como hay quienes se levantan con ética y sacrificio para poder llevar el pan a la mesa, también han surgido quienes, aprovechándose del caos y la desesperación, venden a precios groseramente altos.

Es repudiable que, mientras un padre de familia busca consuelo entre las ruinas, otros intenten lucrar con su necesidad cobrando precios desorbitados por bienes de primera necesidad. El ejemplo más cruel y cotidiano lo vemos en el propio alimento, no puede ser que una arepa, símbolo de nuestra identidad y sustento básico, se venda a 10 dólares bajo el pretexto de la escasez o la emergencia.

Esa no es ley de oferta y demanda; es especulación pura que vulnera doblemente a quien ya ha perdido su hogar. Esa conducta no solo drena el bolsillo de los damnificados, sino que quiebra el tejido ético que debemos preservar con urgencia. El trabajo digno y productivo es solidario; el abuso de la necesidad ajena es todo lo contrario.

La dura realidad económica que vivimos no es un motivo para ser menos empáticos, sino para ser más inteligentes en nuestra solidaridad. El apoyo a los damnificados no está reñido con el esfuerzo productivo; al contrario, un país que se reconstruye necesita de empresas activas que generen empleo, de emprendedores que innoven y de trabajadores que mantengan el ritmo, pero siempre bajo el principio irrenunciable de la justicia en los precios y el respeto al prójimo.

La ayuda humanitaria es vital, pero la ayuda económica sostenible y honesta es la que permitirá que las comunidades afectadas se levanten con dignidad y no solo con limosnas.

Redacción C.C.

01-07-2026