(Lucas 12, 49-53)

El título corresponde a una de las frases proferidas por Jesús en el evangelio de este XX domingo del tiempo ordinario.

Ante ella evitemos manifestar: está unida a las otras y, por consiguiente, no hace evidente nada nuevo.

Enfatizo: Lucas con tal frase y las otras no alude del Señor una tautología inútil como para asegurarnos, es siempre lo mismo.

Jesús con ella y las demás nos garantiza que el odio puede ser y no ser. Desde luego, para nada ser y no ser al mismo tiempo.

El párrafo completo específica: de aquí en adelante, de cinco que haya en una familia, estarán divididos tres contra dos y dos contra tres.

¿Hay odio en algunos miembros de alguna familia? Indudablemente.

¿Es posible que deje de ser el empoderado de ellos? Sí.

Las distintas proposiciones constructivas del evangelio de hoy lo demuestran: él penetra hasta la médula —sana— y así como algunos miembros son odiosos, no podemos dejar de sostener la verdad que esos algunos miembros, a quienes el evangelio toca en lo más profundo, vayan haciéndose menos odiosos.

Esto está también bastante esclarecido en el contexto de la primera lectura (Jr 38, 4-6. 8-10).

El rey Sedecías cedió a la instigación de los oponentes del profeta Jeremías.

Pidieron lanzarlo a un pozo, el del príncipe Melquías, donde enfangado moriría de hambre.

Frente a tal injusticia interviene Ebed-Mélek, etíope y oficial de palacio, gracias a lo cual Sedecías cambia de parecer y le permite, con treinta hombres, liberar al profeta.

De la sanación procurada por Dios con el verbo de su Hijo, nadie está excluido. Él no establece irremediablemente quién dejará de odiar, de dividir con malicia, y quién no.

Lo cierto es que todos los miembros de una familia, de una institución, de nuestra Iglesia, de ningún modo pueden ser odiosos y justos de forma simultánea.

Si una de esas emociones resulta verdadera, la otra ineluctablemente será ineficaz.

Ahora bien, apoyados en esta expresión, dejemos todo lo que nos estorba, rotulada por el autor de la carta a los hebreos, luego de su solemne caracterización de los antepasados nuestros, Noé, Abraham, Sara, Moisés, hagámonos esta pregunta: ¿qué sentimiento, amor u odio, está resultando más ineficaz en nuestras vidas?

Por supuesto, en teoría podemos señalar: en nosotros, en la familia, en la Iglesia, no hay ninguna división. Todo marcha excelente.

En realidad, es la conciencia de cada quien la que da razón suficiente de ello, comprobándolo con los hechos.

Quien posee odio genera odio y disensión, aunque astutamente lo disimule.

Quien posee la genuinidad de la caridad, genera armonía.

La genuinidad de la caridad le lleva a dar razón de llamarse cristiano, y ser no otra cosa, sino realmente seguidor de Cristo.

De tal modo es considerado auténtico, porque enseña que posee el vigor de su verbo, y demuestra poseerlo con brillo, precisión y propiedad.

Este proceder cristiano no es el que abunda en los slogans ni mucho menos en pensamientos enlatados en lo artificial, sino aquel activado en su integridad por el brío de estas palabras:

He venido a traer fuego a la tierra ¡y cuánto desearía que ya estuviera ardiendo!

En conclusión, ser auténticamente cristiano en el templo y fuera de él, es estar animado por la fuerza y sabiduría procedente de lo Alto, la cual mediante el salmista nos recalca:

Muchos se conmovieron al ver esto y confiaron también en el Señor (Salmo 39).

17-08-25

Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.

horaraf1976@gmail.com