Los viajeros aguardaban el transporte que los llevaría al puerto de Cartí y, justo cuando faltaban tres minutos para las cinco de la mañana, este apareció en la entrada del residencial San Francisco Bay.
El chofer, muy amable, estrechó las manos del padre y del hijo y, con una sonrisa infantil, garantizó que el recorrido sería entretenido y seguro, pues el día anterior había cambiado las llantas.
El viaje estuvo amenizado por música de las provincias centrales panameñas, cuyas letras narraban historias del campo y desamores juveniles. Escucharlas con atención permite comprender cómo el campesino se identifica con cada elemento, paisaje y situación que acontece a su alrededor desde el instante en que ve la luz por primera vez. Es un deleite sentir y conocer Panamá a través de las composiciones de sus cultores populares.
Después de poco más de dos horas y media de viaje, por fin divisaron un oxidado aviso que, en letras desteñidas, rezaba: «¡Bienvenidos a Cartí!».
El bote estaba listo para surcar las aguas del Caribe panameño, aunque la salida se retrasó porque el capitán negociaba el precio del pescado, fruto de sus madrugadoras faenas. Con una sonrisa de oreja a oreja y seis billetes de diez dólares en el bolsillo, extendió la mano para ayudar a sus pasajeros a subir.
Mientras la lancha «trepaba» las olas caribeñas, los viajeros no hacían más que maravillarse con los pequeños islotes que surgían en medio de las aguas turquesas.
Tras treinta y siete minutos de navegación, Lorenzo, el capitán del velero Lyckaribe, dio la bienvenida a los dos viajeros y le dijo al más pequeño que él y su tripulación estaban dispuestos a hacer que su cumpleaños fuese grato y memorable.
Sebas estaba fascinado con el orden y la distribución de cada espacio en el velero, pero lo que más le agradó fue la pequeña ventana que le permitía contemplar San Blas desde su camarote. Su fascinación quedó interrumpida cuando escuchó un incesante llamado desde la cubierta: era Mario, el marinero, quien lo invitó a nadar aprovechando la serenidad de las aguas.
Mientras competían en clavados, vieron cómo una señora guna se acercaba en un bote que parecía una pescadería flotante. Era muy hábil para remar y, al mismo tiempo, exhibir una gran corvina que parecía haber abandonado el fondo marino minutos antes.
La cena de ese día fue muy especial y estuvo enmarcada por un firmamento estrellado. Dormir allí fue una experiencia imborrable, en especial por el rítmico mecer de las olas y el sonido que producían al chocar suavemente contra el casco del velero.
El capitán aprovechó los primeros rayos del sol para explicar al cumpleañero cuál sería el recorrido de la jornada. Con las cartas de navegación y una brújula, logró captar toda la atención del visitante, quien no paraba de preguntar, solo para saber qué decirles a sus amigos del colegio sobre el punto del Caribe panameño donde celebró sus primeros siete años.
Al mediodía, el sol calentaba la suave y dorada arena del islote que servía de hogar a una piadosa anciana que no cesaba de bordar líneas geométricas y figuras zoomorfas, mientras su nieta prestaba atención y practicaba para que esa hermosa tradición guna trascendiera los relevos generacionales.
Para Sebas, entre los recuerdos que perdurarán de ese quince de marzo, además de los saltos desde la cubierta del Lyckaribe, están las coloridas molas que compró para su amada madre, quien en esa ocasión no pudo acompañarlo.
Antonio Rivas
Especialista en Desarrollo Sostenible yTurismo comunitario y rural.
06 de octubre del 2026


