En el imaginario colectivo que gravita fuera de las fronteras universitarias, la academia suele visualizarse como una postal estática: una biblioteca sumida en el silencio sepulcral o un laboratorio de acceso restringido donde científicos aislados desentrañan fórmulas incomprensibles. Sin embargo, quienes habitamos día a día los pasillos, las aulas y las plazas de nuestra ilustre Universidad de Los Andes (ULA), sabemos que la realidad es radicalmente distinta y, sobre todo, mucho más vibrante. El conocimiento con verdadero impacto social no nace en el aislamiento analítico ni en el monólogo autocomplaciente; se fragua en el debate respetuoso y constante de las ideas.
La auténtica vida universitaria no puede ni debe limitarse a la transferencia unidireccional de datos —ese viejo modelo donde un profesor dicta cátedra desde un estrado y el estudiante se limita a transcribir mecánicamente en su cuaderno— sino que se realiza plenamente cuando el saber se socializa. Es allí, en medio de un proceso profundamente humano y democratizador, ante el quiebre de los dogmas a través de la palabra y el debate horizontal que transforma la información abstracta en pensamiento crítico con pertinencia social, donde la academia justifica su existencia ante el país.
Pero esta ruptura no responde a un proceso al azar. Cuando un estudiante de pregrado o un investigador consagrado somete sus hipótesis al escrutinio público de sus pares, ocurre el verdadero milagro académico: la abstracción de la teoría se encuentra de frente con la crudeza de la realidad. Debatir en la universidad impulsa un rigor intelectual que nos obliga a superar la memoria mecánica para adentrarnos en los complejos «porqués» de los fenómenos económicos, sociales y científicos que estudiamos. En un entorno hiperconectado pero paradójicamente polarizado, el debate intersubjetivo en las aulas ulandinas se convierte también en una escuela de ciudadanía y tolerancia. Nos enseña, con profunda humildad, que la diversidad de enfoques no es un obstáculo para el consenso, sino la mayor riqueza de la ciencia. Al final del día, la excelencia académica se moldea bajo este fuego: una idea que sobrevive a una discusión rigurosa y constructiva sale fortalecida, madura y verdaderamente lista para transformar su entorno.
Pese a ello, la investigación científica corre el riesgo constante de encasillarse en lenguajes crípticos y espacios cerrados, transitando únicamente en revistas indexadas que pocos leen, alejadas de las realidades humanas más urgentes. La socialización del conocimiento actúa entonces como el oxígeno que rompe esos muros de cristal, presentándose como el puente vital que conecta nuestros hallazgos científicos con la solución de problemas concretos de la comunidad. Es aquí donde las actividades de extensión universitaria adquieren su verdadero sentido ético.
La extensión no es un apéndice secundario ni una actividad complementaria de la planificación institucional; es el brazo ejecutor y el corazón de la universidad latiendo en sintonía con la sociedad. Espacios como los foros abiertos, los ciclos de conferencias y los encuentros interdisciplinarios permiten que el saber generado en los laboratorios e institutos se nutra, a su vez, de las dinámicas del entorno y de los saberes populares. Al abrir las puertas para que sectores externos a la comunidad universitaria participen activamente en la discusión, no solo democratiza el acceso al conocimiento, sino que genera una poderosa retroalimentación. La universidad escucha el clamor y las necesidades de su gente y, en consecuencia, replantea con pertinencia sus líneas de investigación y sus enfoques de enseñanza.
Hoy más que nunca, cuando las dificultades presupuestarias e institucionales amenazan la operatividad de nuestras casas de estudio, la Universidad de Los Andes debe seguir defendiendo su vocación histórica de ser ese faro de luz donde el diálogo, el pluralismo y la libertad de pensamiento son la norma. Promover espacios de extensión no es el simple cumplimiento de una meta administrativa; es un compromiso ético irrenunciable con la formación de ciudadanos integrales capaces de liderar la reconstrucción nacional. Una universidad que debate es una institución viva que progresa, y una sociedad que socializa su conocimiento es una comunidad que se emancipa.
Fiel a este espíritu indomable y transformador, el Instituto de Investigaciones Económicas y Sociales (IIES-ULA), adscrito a nuestra Facultad de Ciencias Económicas y Sociales (FACES), ha sostenido con orgullo, desde hace tres años, un espacio referencial de extensión: el ciclo de conversatorios «Un Café en el IIES». Lejos de ser una actividad protocolar, este programa —que ha convertido el salón Helio Varela Carmona en un ágora moderna— representa un acto de profunda pertinencia y resistencia institucional. En el contexto actual, donde la crisis estructural tiende a la fragmentación y al desánimo, sentarse a discutir con una taza de café en la mano es una declaración de principios: significa que la ULA no ha renunciado a su función pensante. La pertinencia de este espacio radica en su capacidad para derribar las paredes invisibles de las oficinas de investigación y devolver el conocimiento al lugar de donde proviene y a donde se debe: el debate público y la formación de comunidad.
Así, “Un Café en el IIES” se ha sostenido sobre un valor fundamental que reside en su naturaleza intrínsecamente multidisciplinaria. Los problemas de la sociedad contemporánea —complejos, cambiantes e interconectados— ya no pueden ser resueltos desde el aislamiento de una sola disciplina. La economía pura, desvinculada de la tecnología, de la ética, del análisis de género, de la ecología o de la educación, se convierte en un ejercicio estéril de fórmulas vacías. Este conversatorio rompe con el nocivo esquema de los compartimentos estancos dentro de la academia. Alrededor de su mesa se congregan no sólo economistas, sino tecnólogos, humanistas, sociólogos, educadores, estudiantes de distintas ramas y emprendedores locales. Esta diversidad provoca una polinización cruzada de saberes: el dato estadístico se humaniza al confrontarse con la realidad social.
La mirada multidisciplinaria que promueve el IIES-ULA enseña a nuestros estudiantes y profesores que el conocimiento es una red, no una línea recta. Nos obliga a escuchar al otro, a hablar lenguajes comunes y a comprender que las mejores soluciones surgen precisamente en las intersecciones de las ciencias. «Un Café en el IIES» se erige como un modelo de lo que debe ser la universidad del mañana: flexible, abierta al entorno, humilde para aprender de otras áreas y firmemente comprometida con el diálogo como la única vía posible para la construcción de soluciones reales y el reencuentro nacional.
Por: Econ. Clarimar Pulido
Profesora de la FACES – ULA
07-06-2026



