Un grito que no podemos ignorar: Erradicar la violencia contra la mujer en Venezuela

Hoy, el mundo alza la voz para decir «basta». Basta a la violencia física, a la psicológica, a la económica y a la simbólica que, de forma persistente y brutal, se ejerce contra las mujeres por el simple hecho de serlo. En el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, es imperativo no solo sumarnos a este coro global, sino también dirigir una mirada cruda y valiente hacia la realidad particular que viven las mujeres en Venezuela, una crisis dentro de otras crisis.

En nuestro país, la emergencia humanitaria compleja ha actuado como un catalizador y un velo para la pandemia silenciosa de la violencia de género. Las mujeres venezolanas cargan sobre sus espaldas un peso descomunal. Son ellas las que, en muchos casos, se convierten en el único sostén de sus familias, enfrentando una economía de hiperinflación y escasez. Esta precariedad las hace más vulnerables, atrapándolas en ciclos de violencia donde la dependencia económica es un grillete.

Pero la violencia no solo se ejerce entre cuatro paredes. En Venezuela, las mujeres enfrentan una doble y triple victimización. El colapso de los sistemas de salud las expone a una mortalidad materna evitable y a la falta de acceso a servicios de salud sexual y reproductiva. El sistema de justicia, lento y desbordado, a menudo les da la espalda, revictimizándolas con la impunidad y la burocracia cuando buscan una orden de protección o denuncian a su agresor. El femicidio, la expresión más atroz de este odio, sigue cobrando vidas, dejando a su paso un reguero de orfandad y dolor que clama por justicia.

Frente a este panorama desolador, la pregunta obligada es: ¿Qué hacemos como sociedad? En primer lugar, debemos romper el silencio cómplice. La indiferencia es el caldo de cultivo de la violencia. Como vecinos, familiares, amigos y compañeros de trabajo, tenemos la responsabilidad de estar atentos. Debemos aprender a reconocer las señales: el aislamiento, los morados injustificados, la pérdida de autoestima. Y, sobre todo, debemos ofrecer una red de apoyo inquebrantable. La frase «no te metas» es la gran aliada del agresor. En su lugar, debemos preguntar «¿estás bien?», «¿en qué puedo ayudarte?».

En segundo lugar, apoyar significa creer. Cuando una mujer encuentra el valor de hablar, nuestra respuesta inmediata debe ser la validación y la credibilidad. Jamás cuestionar su relato o minimizar su experiencia. El «por algo será» es una puñalada más. Debemos dirigirla hacia los canales de ayuda que, a pesar de las limitaciones, existen: las organizaciones no gubernamentales especializadas en género, los grupos de apoyo y las redes de mujeres que brindan acompañamiento legal y psicológico.

Como sociedad civil, debemos exigir al Estado la declaratoria de emergencia por violencia de género. Esto no es un eslogan, es una necesidad urgente. Implica la asignación de recursos específicos para la prevención, la creación de más casas de abrigo con condiciones dignas, la capacitación obligatoria de funcionarios policiales y judiciales con perspectiva de género, y la aplicación efectiva de la Ley Orgánica sobre el Derecho de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia.

Erradicar la violencia contra la mujer en Venezuela requiere de un pacto social donde cada uno de nosotros asuma su rol. Desde la solidaridad en la comunidad hasta la exigencia firme a las instituciones. No podemos permitir que el grito de una mujer más sea ahogado por la indiferencia.

Redacción C.C.

25-11-2025