Hace exactamente un mes, el suelo tembló en Venezuela y la tierra se abrió para llevarse consigo más de 5.000 vidas hasta el momento una cifra que tiende a incrementarse. Hoy, mientras el polvo se asienta sobre los escombros, el eco de aquel 24 de junio resuena no solo en la memoria de los familiares que lloran a sus muertos, sino en la angustia cotidiana de los miles de sobrevivientes que, a esta hora, intentan recomponer el rompecabezas de sus vidas desde la nada absoluta.

A un mes de la tragedia, las necesidades urgentes siguen siendo críticas. La conmoción inicial ha dado paso a una realidad desgarradora, habitantes de comunidades enteras permanecen en el limbo de la precariedad. El acceso al agua potable, ese líquido vital que damos por sentado, se ha convertido en un lujo. Un alto porcentaje de las familias damnificadas depende exclusivamente de agua embotellada para beber, cocinar y mantener una higiene mínima. Esta no es solo una estadística; es una sentencia de muerte silenciosa ante el inminente riesgo de enfermedades gastrointestinales que acechan en la sombra.

Miles de personas, atrapadas y desaparecidas entre el recuerdo de la catástrofe y la incertidumbre del mañana, enfrentan cuadros severos de ansiedad, duelo crónico, insomnio y trauma. Perder un hogar es devastador; perder a un hijo, a una madre o al sustento diario en cuestión de segundos es una herida que ni el paso del tiempo cicatriza sin el acompañamiento adecuado. Necesitamos con urgencia apoyo psicosocial para evitar que esta generación de sobrevivientes se convierta en una generación de fantasmas en vida.

En medio del caos y la destrucción de los centros de salud, se ha interrumpido el tratamiento de pacientes con enfermedades crónicas. Ahora, la comunidad internacional y las organizaciones humanitarias deben redoblar sus esfuerzos para contener posibles brotes epidémicos y reanudar los esquemas de salud de quienes luchan contra el cáncer, la diabetes o la hipertensión. 

Sin embargo, hay un terremoto aún más devastador que el que sacudió la geografía nacional: la politiquería y la mezquindad de una clase dirigente que, en medio de la desgracia, olvida que el dolor no tiene color político. Mientras miles de venezolanos duermen a la intemperie y buscan entre los escombros un trozo de dignidad, los discursos oficiales y las disputas por el control de la ayuda humanitaria han ralentizado la respuesta. La falta de acción del Estado ha sido tan notoria como la falta de agua.

Los rescatistas, voluntarios y los propios vecinos se han convertido en los primeros y últimos héroes de esta historia. Hombres y mujeres que, armados solo con sus manos y una solidaridad inquebrantable, han excavado entre el concreto para salvar vidas.

Hoy, cuando se cumple un mes de la tragedia, hacemos un llamado desesperado a la conciencia de la comunidad internacional, de las organizaciones no gubernamentales y de cada persona de buena voluntad. La solidaridad no puede ser un acto de un solo día; debe ser una constancia y sin olvidar.

Necesitamos ayuda tangible. Se requiere con urgencia el envío de equipos de potabilización de agua, medicinas de uso continuo, tiendas de campaña y, sobre todo, psicólogos y trabajadores sociales que ayuden a sanar las heridas del alma.

No olvidemos que la verdadera catástrofe no es solo la tierra que se mueve, sino la indiferencia de quienes se quedan quietos. Venezuela necesita que el mundo recuerde que, un mes después, el dolor sigue latiendo y la esperanza solo será posible si la acompañamos con acción.

Redacción C.C- AV-L.L

24-07-2026