Por: Ramón Sosa Pérez…
(Con el amor respeto, a Rómulo Rivas)
Es trillada ya la frase “en los idus de marzo” para señalar un acontecimiento o hecho relevante, cuya trascendencia ha generado reacción, sobre todo política. El origen lo hallamos, precisamente, en el 15 de marzo del aciago año 44 a.C. cuando ocurre uno de los más trágicos sucesos en la vida púbica de la antigüedad y que aún hoy sigue resonando con fuerza en su corolario político: el asesinato de Julio César en Roma, tras una insurrecta conspiración de Senadores.
Los hechos, rigurosamente ciertos, tuvieron como escenario la sede del poder romano donde hubo debates frecuentes en torno a la figura política de Julio César, a quien reprendían haberse entronizado como dictador perpetuo, aun cuando el pueblo amaba su transformación pública y agradecía la prosperidad alcanzada en beneficio de las mayorías. El odio pertinaz de un grupo de Senadores no perdonó su fulgurante carrera y planearon eliminarlo.
Su muerte atroz “en los idus de marzo” la atizaron sus cercanos colaboradores que lo asesinaron junto a la estatua de Pompeyo, contigua al foro romano. Se distinguió Julio César como estratega, brillante orador y gran escritor, factores que ganaron el afecto del pueblo y encolerizaba a los conspiradores. El 20 de marzo, día del funeral, el Senado estaba atestado de gentes de todos los lugares que deseaban presenciar las honras fúnebres del magistrado.
Los hechos aquí descritos de manera lacónica, siguen en la palestra política salvando tiempo y espacio. Su argumento fue tomado por Rómulo Rivas, destacado hacedor del teatro venezolano, estudioso e investigador, amén de Actor, Director y Productor, con sobrados méritos aquilatados por más de 50 años en el oficio, para colocar en escena el poder de la oratoria desde un monologo que perenniza su dominio del arte dramático en toda su extensión.
La obra, que abrevia más de 60 personajes intervinientes en los Funerales de Julio César, nos retrotrae a la Roma antigua al ver desfilar uno a uno a los protagonistas de la insidia política, al pueblo defensor de su líder en un enrevesado escenario que destaca el poder de un Orador en particular. Marco Antonio encarna el resguardo del legado de su amigo a partir de un discurso persuasivo y contundente que ha logrado trascender por generaciones.
Rómulo Rivas es, ante todo, un Maestro del Teatro Venezolano, cuya formación le ha facilitado ser hoy día el gran referente cultura que desde Mérida se erige con modestia pero legítimo orgullo como portaestandarte del teatro nacional. Su trayectoria ha escalado espacios en otros países que le tienen en alta estima como República Dominicana, donde su obra ha formado decenas de jóvenes que potencian el arte dramático con holgura escénica envidiable.
La Academia de Mérida, a pedido del Maestro Freddy Torres González, Premio Nacional de Cultura 2025, invitó al Maestro Rómulo Rivas en un homenaje consecuente a la figura y aportes que ha entregado al estudio, desarrollo y promoción del teatro venezolano. Su edad, mero tránsito biológico, no se calcula en el escenario como resultado de un final cercano. Al contrario, se nos muestra en consecuencia directa de una disciplina indoblegable.
El mismo Rómulo Rivas lo expresó luego de 2 horas de trabajo impecable en la escena: “el teatro es un apostolado y entendido como sacerdocio, se asume desde la preparación mística, permanente, metódica y firme para que el logro se refleje, tal cual se planeó”. Marco Antonio en el funeral de Julio César buscó persuadir desde la elocuencia a tirios y troyanos de las bondades políticas del tribuno, ahora yacente, en un Discurso memorable.
Los recursos de seducción del auditorio son la herramienta para aleccionar al pueblo y cuando ellos son, como los relata la obra, categóricos en la forma y en el fondo, el Discurso es la mejor expresión que acompaña la acción. Esa ceremonia histórica que relataba en Oración Fúnebre los más significativos hechos de la vida de Julio César con énfasis en el legado político, es considerada el testamento público más notable de Roma en todos los tiempos.
La magnífica interpretación del Maestro Rómulo Rivas no deja lugar a dudas de su portentosa pasión en el escenario de Primer Actor y como tal, Mérida retribuye el afecto en su contribución artística incuestionable. Sumado a esta consideración, hay la aportación subyacente suya al divulgar textos antiguos que no pierden vigencia pero que sólo está reservado al talento de quienes como el Maestro Rivas, pueden trasladarlos a nuestro tiempo.
Enhorabuena por el ejemplo, Maestro Rómulo Rivas. A su intensa actividad agregamos la influencia en la formación permanente de actores desde su dedicación perseverante que suma ya varias décadas de fructuoso laboreo teatral. Su experiencia más allá de la frontera nacional, v.g. República Dominicana, confirma su espléndida capacidad que hoy enorgullece a la tierra venezolana y merideña, en particular.
30-11-2025



