El decreto Presbyterorum ordinis —El presbiterado en la Iglesia— aprobado el 7 de diciembre de 1965, al inicio ostenta estas dos proposiciones: una, “la excelencia del orden de los presbíteros en la Iglesia”, y dos, “a este orden se le asignan obligaciones de máxima importancia” (Vaticano II. 1976, p. 342).
Desde luego, el significado de esas proposiciones desemboca en esta vigente consecuencia:
“son promovidos para servir a Cristo, Maestro, Sacerdote y Rey, de cuyo ministerio participan, por el que la Iglesia se edifica incesantemente aquí, en la tierra, como pueblo de Dios, cuerpo de Cristo y Templo del Espíritu Santo” (Vaticano II. 1976, p. 343).
El decreto ofrece esta enumeración de funciones del presbítero que ha recibido “especial sacramento” (Vaticano II, 1976, § 2, 244), esto es: vacar en la oración y adoración, predicar la palabra, ofrecer el sacrificio eucarístico y administrar los sacramentos, y, en este orden resalta: ejercer otros ministerios por los hombres (cf. Vaticano II. 1976, § 2, p. 345); en cuya práctica contribuye al aumento de la gloria de Dios y a la promoción de la vida divina en los mismos hombres (Íden).
De este modo comprendemos que el candidato al sacerdocio y el presbítero no dice: estoy sin familia, sin hijos, sin bienes, entonces estudio en el seminario, y hago del sacerdocio carrera para poder vivir.
Por eso, todo el peso de la propia cruz, aconsejar, confesar, educar, no ser Cristo, sino imitarlo en la labor del pastoreo, buscar la comunión entre los que les gusta “su” grupo y los otros agradados con el “suyo”, cargar con sus propias torpezas, gravita sobre su pecho.
Ahora bien, cuando digo “gravita sobre su pecho”, es porque la misión del presbítero arranca desde lastimeros ayes, hasta fervorosos aplausos, y, sin duda, hasta prolongados silencios, en los que de seguro reflexiona sobre las dimensiones de su vida ministerial en las que, por ningún otro, a no ser otro sacerdote, puede ser reemplazado.
Diversas opiniones están centradas sobre él y algunas le exigen transformar la parroquia en una empresa, o en una enfermería o en una agencia bancaria, en pocas palabras convertirlo en el administrador de una fábrica de milagros. Al respecto, vuélvase la mirada a lo llamado “enumeración de funciones del presbítero”.
Desde luego, dichas opiniones que describen un hombre, casi de comportamiento angelical, muchas veces permanecen perfectamente indiferentes ante su humanidad, y como anhelan complacer y recompensar sus curiosidades, seguirán a éste o a aquel durante un breve o prolongado tiempo, y, al darse cuenta que al que menos pueden sobornar es a Cristo, y que Él deja a quienes sea con la pura comezón de murmurar, con libertad de espíritu les encomienda, “sin mí no pueden hacer nada” (Jn 15, 5).
A algunas dimensiones de lo sagrado conviene no tratarlas tan ruidosamente: hay ciertos oídos y corazones que quieren distinguirlas de otro tipo de manifestaciones, incluso religiosas.
Son los oídos y corazones de quienes, en silencios prolongados, meditan que detrás del vivir con poco, y aunque pareciera el vivir con nada, ha de seguir adelante no con una existencia extraña, envejecida por la miseria, sino labrada con no pocas renuncias por la honradez y el arte de predicar y comunicar esperanza.
Este arte no es el de seres al estilo de superhéroes; pero como al que sigue el sacerdote es a Jesús, y como él se esfuerza “en estudiar las cuestiones de su tiempo a la luz de Cristo”, y como “su misión es siempre no enseñar su propia sabiduría, sino la Palabra de Dios” (cf. Vaticano II. 1976, § 4, p. 348), de ningún modo asume a su Maestro y Pastor como quien le da lecciones de vida indigente, mucho menos de cómo conservar en ella a otros; al contrario, como hay muchas virtudes aquí y ahora en los hombres y mujeres que constituyen la Iglesia, de ellas ellos deberían evitar sentirse totalmente desposeídos.
Por supuesto, el sacerdote tampoco es de las virtudes un ocioso indigente, ya que con 9, 8, 7 o más años de formación, no acepta el sacerdocio como lo primero que se le presenta, porque en tal período y el que lleva en el ministerio, está aprendiendo a conocer a Jesús, no cual acreedor implacable, sino al modo con que estos renglones lo presentan,
“No podrían ser ministros de Cristo si no fueran testigos y administradores de una vida distinta a la terrena, ni tampoco podrían servir a los hombres si permanecieran ajenos a la vida y condiciones de los mismos” (Vaticano II. 1976, § 3, p. 346).
Esta orientación busca una sana y juiciosa armonía.
Por ende, las comparaciones o las descripciones que nivelan el trabajo pastoral, obvian el hecho de que cada uno tiene “su propia” estructura psicoorgánica, con la que está en la constante brega de cumplir la voluntad del Maestro y de su esposa la Iglesia.
Algunos expresan “no sigan hombres”, su argumento es válido, pero asimismo se les recuerda: ha sido un hombre, no un ángel, el que decidió seguir a Cristo.
Otros, a los que se les encarga repasar los años de formación del hombre discípulo del Señor, en un Seminario, muy presurosamente aseveran: el laico, predica mejor que el Cura.
No olviden que, aunque el sacerdote defiende que el pequeño debe hacerse grande, muchas veces él es un grande imperceptible que, con variadas dificultades, tiene que disminuir con tal que Cristo crezca.
En fin, todo ello fragua una lucha constante más interna que externa; pero no pase por alto el sacerdote que tiene en sus manos la libertad y que ella nace, aunque en repetidas ocasiones infalible, con alegría y confianza.
“No te pido que los retires del mundo, sino que los guardes del demonio. Ellos no son del mundo, como yo no soy del mundo” (Jn 17, 15-16).
Referencia:
Vaticano II. 1976. Presbyterorum ordinis. Biblioteca de Autores Cristianos Editorial (31 ed.).
18-12-25
Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.
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