(Lucas 10, 38-42)
Lucas refiere este XVI domingo del tiempo ordinario esta frase, la escogida para encabezar esta meditación, como preludio a la descripción de las actitudes de las hermanas de Lázaro, Marta y María, ante Jesús; asimismo las palabras dirigidas por él a ambas mujeres.
Ahora bien, quien no comprende con sensatez la respuesta de Jesús a Marta, la imagina perjudicada. En realidad, una vez dichas y escuchadas tales palabras ella continuó su trabajo.
Cierto, Lucas de María no registra alguna palabra, sino un gesto concreto: silencio receptivo, o, meditación activa.
En efecto, la impresión causada por el verbo de Jesús en ella era demasiado buena —bueno, en sentido extático— para no turbarla con los vaivenes en el cerebro.
María, por su parte, nos sugiere: en el silencio receptivo y meditativo de nuestro espíritu —conviene acatarlo para ventaja espiritual incluso antes de las celebraciones litúrgicas— el verbo de Cristo conserva su forma, no crece desmesuradamente ni desaparece de repente, sino que con apacibilidad nos hace recobrar porte de silencio fecundo, presentándose sin cesar no solo en la mente, sino, además, y con más peso, en el corazón.
Esto concreta esos momentos, divinamente sublimes, en los que expresamos tal cual Abraham en la primera lectura (Gn 18, 1-10): Señor mío, si he hallado gracia a tus ojos, te ruego que no pases junto a mí sin detenerte.
Con este ruego abrahámico volvemos a Marta. Ella recibe al Señor en su casa.
De este modo nos permite comprender esa parte —María, desde luego, escogió la mejor— en la que nuestro espíritu oscila, durante minutos incluso más tiempo, en titubeos en los que hay alguna lucha: recuerdos anteriores o inmediatos flotando en la cabeza, revueltos y cruzados confusamente, según los que la genuina forma del verbo de Cristo pareciera perdérsenos; pero en cuyos avatares evitamos el sonsonete de una insípida meditación o una obstinación maquinal propia del delirio.
Al contrario, sigilosa, pero con fuerza la genuina forma del verbo de Cristo, como una campana que en lugar de herir despierta, nos exclama: ¡Vamos! Pues, al igual que Marta, con esa atención que sirve más que mira, lo recibimos no más allá, sino en casa: en el corazón, en la familia, en la Iglesia, en la sociedad.
Hemos de enriquecer, en base a los comportamientos de Marta y María, un mayor atrevimiento reflexivo, espiritual, místico, servicial, para que en nuestros oídos también resuene este eco formidable y vibrante acerca del hombre honrado y justo (ver el Salmo 14, leído en la Misa de este domingo):
Es sincero en sus palabras y con su lengua a nadie desprestigia.
No hace mal al prójimo ni difama al vecino.
Presta sin usura y no acepta soborno en perjuicio del inocente.
Ante ellos no nos detengamos temblando, azorados; tampoco permanezcamos inmóviles, petrificados como la estatua de sal, puesto que no estamos distinguiendo una forma confusa y vaga, sino cual verdaderos cristianos la de Cristo que, vive en nosotros, es la esperanza de la gloria y nos instruye con todos los recursos de la sabiduría (2da lectura Col 1, 24-28).
Felicidades y bendiciones a todos los niños en su día.
Cuidemos su inocencia, tratémoslos bien: ellos son nuestro futuro. Las sonrisas de Dios en nuestra Iglesia y en nuestra sociedad.
20-07-25
Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.
horaraf1976@gmail.com





