Una nación sin destino

Por:  Germán Rodríguez Bustamante…

Los padecimientos vividos por personas en la segunda guerra mundial en los capos de concentración nazis, fueron escenarios horrendos para que algunos de ellos describieran lo vivido en novelas y relatos absolutamente dolorosos.  El escritor Kertész nos muestra en su historia Sin Destino, la hiriente realidad de los campos de exterminio en sus efectos más eficazmente perversos: aquellos que confunden justicia y humillación arbitraria, y la cotidianidad más inhumana con una forma aberrante de felicidad.

Durante milenios los hombres han asumido que inclinarse humildemente, humillarse, ante el amo o señor era una respuesta lógica al orden natural de las cosas, que implicaba, entre otras cuestiones, la existencia de personas de mayor valía que otras. Y si uno no se humillaba voluntariamente ante quien estaba por encima en la jerarquía del valor moral, era lógico y normal que fuera el señor por la fuerza quien pusiera a cada cual en el sitio que supuestamente le correspondía. Nada había de humillante, tal como entendemos actualmente el término, en el hecho de ser dominado, subyugado o degradado por la fuerza en un mundo en el que se asumía con naturalidad que los seres humanos no eran iguales en dignidad y derechos.

En el mundo moderno eso es inaceptable. Los seres humanos demandan un nuevo orden natural de las cosas que sustituye a la antigua escala vertical del valor humano. Este nuevo orden determina que todas las personas, por el mero hecho de serlo, tienen la misma dignidad y los mismos derechos; es decir, que no hay nadie que merezca más respeto que otro y, por tanto, no hay nadie que pueda ser denigrado, subyugado o dominado por la fuerza por otro ser humano. Existen diferencias por razones culturales, capacidades, costumbres, creencias, condiciones físicas, intereses, etc. Pero de acuerdo con la nueva ética que recoge la Declaración de los Derechos Humanos esas diferencias no deben implicar diferencias en dignidad.

Las amenazas a la seguridad y la estabilidad económica son también elementos que fácilmente pueden conducir a poner en un segundo plano el respeto de la dignidad de los otros. Esa justificación ha sido utilizada de forma perversa por el régimen en el poder en Venezuela, para doblegar a un pueblo cansado, abatido y sin esperanzas por la usencia de una clase política, que le haga frente a la domesticación montada. La paz no va a venir dada desde fuera, ni será concedida graciosamente por la Tiranía. En el caso de que llegue, lo hará como una conquista de los ciudadanos.

Para ello es imprescindible antes asumir con humildad que, independientemente de todo lo que hace diferencia, que todos los humanos son iguales en esencia. Las prácticas y las políticas de los más poderosos con respecto a los menos, son las que más fácilmente pueden provocar la humillación. En estos años desdichados de revolución, Venezuela viene padeciendo de una crisis económica y social que ha llevado a que poco a poco el orden civil desaparezca, junto con el estado de derecho, el marco constitucional y todo lo relacionado con la calidad de vida de la población. Los estados de excepción se han utilizado como un mecanismo que, como su nombre sugiere, otorga poderes especiales al Ejecutivo Nacional para afrontar situaciones fuera de lo común que afectan la paz o el bienestar de los ciudadanos y que no son afrontables a través de los mecanismos normales.

Sin embargo, estas atribuciones terminan limitando y restringiendo el ejercicio de algunos derechos temporalmente. Es importante subrayar que en un Estado democrático se puede plantear la limitación de derechos, pero jamás la suspensión de los mismos. El régimen ha utilizado la medida temporal como permanente, y en ese marco viola continuamente los derechos de los ciudadanos, dejándolos a merced de una degradación continuada, que intenta la sumisión del pueblo, sin importar las consecuencias. Un régimen totalitario como el imperante en el país en este momento, busca el sometimiento del pueblo por cualquier medio incluyendo la fuerza.

Todas las necesidades son manejadas con segmentación, discriminación y politizadas, de manera de tal de doblar la resistencia efervescente existente, por políticas económicas, sociales y políticas que degradan. No es necesario llegar a masacres y violaciones en masa, para medir la atrocidad y crueldad del régimen. Son medidas intencionadas para dañar la dignidad. Las víctimas están en un estado de indefensión y son sometidas a vejámenes que por un lado les restan o suprimen, autonomía y derechos, y por otro, también la capacidad para responder ante el daño recibido. Las practicas adoptadas por estos tiranos menoscaban los derechos de los ciudadanos, quienes son sometidos a chantajes y abusos generalizados, para obtener alimento, medicamentos, atención, servicios y hasta para participar en los saraos montados.

No existe diferencia entre las condiciones existentes en los campos de concentración nazi y las presentes en la Venezuela actual, el genocidio interno sigue alimentando la diáspora, la segmentación política doblega la voluntad de quienes se quedan y el reclamo es apagado con tarifa para una clase política, supuestamente opositora. En conclusión, una población que aborrece a la política y sus políticos, dispuestos a doblegarse para mantener una fingida felicidad. Una Nación sin futuro y una población borregada.

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