José Gregorio Hernández

Yo doy la vida por mis ovejas

(Juan 10, 15)

«“Yo soy el buen pastor. El buen pastor da la vida por sus ovejas”». Indica Jesús en el evangelio (Jn 10, 11). ¿Cómo recapacitamos la temática propuesta para el V día de la novena (25-04-21), «“Beato José Gregorio asiste y protege a los médicos y al personal de salud”», con la definición que Jesús obsequia de sí mismo?

En los Hechos de los Apóstoles 4, 8-12, explicación de la sanación del hombre tullido a la entrada del templo de Jerusalén, (cfr. Hch 3, 1-10), se especifican estos enunciados, beneficio hecho a un hombre enfermo; cómo fue curado; ha quedado sano. El Salmo 117, expone claramente el origen de dicha restitución, «“[…] refugiarse en el Señor […]”», pues, su «“[…] misericordia es eterna”». Quienes con esa convicción proceden, altamente marcada en la profesión médica desarrollada por José Gregorio, en su pericia demuestran que no sólo se llaman hijos de Dios, sino que lo son realmente, tal cual señala san Juan (cfr. 1 Jn 3, 1-2).

Ahora, ¿trabajan acorde a tal convencimiento sólo los que admiten una razón religiosa? La principal solución a esta cuestión la da Jesús, «“tengo además otras ovejas que no son de este redil y es necesario que las traiga también a ellas […]”» (Jn 10, 16). Partiendo de ella, puede gestarse otra demostración. Sin duda alguna, la ofrece José Gregorio; porque hacer el bien, no exige una restringida cuantificación referencial; un favoritismo. El bien posee su exclusiva propiedad, y quien lo manifiesta, en su ocupación, en su socorro hecho a los demás, conserva en su vida aquella invariable propiedad a pesar de las necesidades tan cambiantes.

En base a lo argüido sobre el bien, y concretando más respuestas a las preguntas formuladas, han comunicado ciertas reseñas sobre José Gregorio que esclarecen aún más la deliberación.

Comentan, «[…] sólo usaba el termómetro y el reloj para tomar la fiebre y controlar las pulsaciones»; además, Ernesto Hernández Briceño, (su sobrino), indica, «“en las auscultaciones no usaba ningún aparato, pedía un pañuelo de seda que colocaba en la parte que iba a auscultar y aplicaba el oído directamente. Otras veces sobre el pañuelo colocaba juntos los dedos medio e índice de la mano izquierda y con el dedo medio de la mano derecha golpeaba ligera y suavemente sobre la parte afectada”».

La actividad cerebral, la identificación en ésta de las secuelas de cualquier enfermedad, ha de apoyarse con toda la competencia del verbo sentir; de hecho, lo indicado en el obrar facultativo de José Gregorio, aplicaba el oído directamente, colocaba juntos los dedos medio e índice de la mano izquierda y con el dedo medio de la mano derecha golpeaba ligera y suavemente sobre la parte afectada. Esto lleva a reconocer gratitud a quienes francamente se instruyen y se han instruido en el arte de la medicina; aquellos que, indistintamente de su credo religioso, o quizá no practicando alguno, no reducen el beneficio hecho a través de su técnica a solo estructuras materiales, sino a un sentir solidario, médico-enfermo, que, golpeando ligera y suavemente sobre la parte afectada, corroboran el cuidado de la sensibilidad humana.

De tal modo, también se recalcó la intención de la meditación del V día de la novena, «“Beato José Gregorio asiste y protege a los médicos y al personal de salud”», porque, aunque a raíz de la pandemia se urgió el menor contacto físico posible, los galenos y trabajadores de la salud, de justificada vocación, no perdieron, como detallan del Beato, su olor a pueblo. Ello entraña la amplitud del verbo conocer. El resultado de conocer y sentir se construye en una acción fusionada, contemporánea; el coherente sentido de la terapia del bien reclama íntima correspondencia entre los conceptos y la sensibilidad; las conclusiones en relación a la afección no han de esclarecer más complicaciones, sino alivio.

Al inscribir la locución, amplitud del verbo conocer, trae, sin duda, a una holgura originaria, jovial, pulcra, concisamente la del Señor, «“yo soy el buen pastor, porque conozco a mis ovejas y ellas me conocen a mí […]”» (Jn 10, 14). Los médicos, como en José Gregorio, comprenden a sus pacientes. Robustecen la virtud de la confianza. Aquella que, incluso en los instantes más penosos, protege la armonía; transmitida tanto por ellos como por quienes integran el personal de salud. Y al lado de la confianza está la sinceridad. Es impagable suministrar esperanza con realismo, pero, además, han reforzado, todo ello con alegría (Card. Porras).

El Dr. Luis Razetti, aunque no compartía la devoción religiosa de José Gregorio, con motivo de la jubilación de su amigo, en 1908 escribe estas declaraciones, que, a su modo, dejan entrever las palabras del Buen Pastor, es decir, «“como médico práctico, el Doctor Hernández ha tenido en Caracas una de las más brillantes clientelas, y sus clientes le profesan especial afecto por la suavidad de su carácter, la cultura de sus modales y el interés con que atiende a sus enfermos”». Y, cuando apuntamos, conviene dar esperanza con realismo, pero, además, con alegría, a su vez es para enfatizar que José Gregorio, caballero de hora diaria ante el Santísimo, al observar la gravedad de la dolencia de alguno de sus pacientes, lo exhortaba a acoger el amparo de la religión católica, bajo el bálsamo de los sacramentos de la confesión, la unción y la eucaristía. Se revela con esto que la enfermedad no es tiránica, porque no reduce al vacío la innegable dimensión espiritual de la persona humana.

Son muchos los médicos y personal de salud, que, al haber hecho todo lo diestro y humanamente posible por un enfermo, recomiendan a sus familiares buscar al sacerdote; acatando lo que dice Jesús, escucharán mi voz. Y, son muchos los médicos y personal de salud, que, a causa del coronavirus han entregado sin reservas su vida. José Gregorio muere después de examinar a su último paciente, precisamente al salir a buscarle el tratamiento. Por eso, en él, y en los labradores de la salud que han partido a la casa de mi Padre, afirma el Buen Pastor, notemos la generosa repercusión de esta otra amistosa locución suya, «“yo doy la vida por mis ovejas”» (Jn 10, 15).

María, Nuestra Señora de Coromoto, salud de los enfermos, San Rafael Arcángel, San José, San Lucas, ayúdanos a aseverar con fe y esperanza, «“Beato José Gregorio asiste y protege a los médicos y al personal de salud”». Amén.

22-10-24

Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.

horaraf1976@gmail.com