El bongo se abría paso entre las aguas del Casiquiare, allí en medio de la apacible naturaleza del Amazonas venezolano se divisaban las siluetas de algunos habitantes de la comunidad Yanomami de Coromoto, niños en su mayoría. Esperaban el arribo de unos maltrechos, pero felices viajeros que andaban replicando en los últimos siete días la ruta fluvial que a principios del siglo XIX despertó el interés y admiración de Alejandro Von Humboldt. Luego de colgar los chinchorros en la escuela y de improvisar algunas tablas que servirían como repisas para el equipaje, noté una infantil algarabía que solo fue interrumpida por el sonido fuerte y metálico de un Pájaro Campanero (Procnias Alba), que no se dejaba ver, pero manifestaba su presencia en el árbol que cobijaba bajo su follaje la particular escuelita.

Transcurría el tiempo y los rostros curiosos de algunos niños se dejaban observar a través de las rústicas tablas que servían de paredes; poco a poco fueron entrando en procesión a la escuela. Las pesadas mochilas de los viajeros fueron los objetos que más los cautivaron, pues parecían unos modernos “catumares”, que distaban bastante de los incómodos implementos que usan los adultos para transportar el producto de sus conucos. No hallaba la manera de comunicarme con el niño más intrépido del grupo, quien con desparpajo empezó a curiosear mi equipaje; una linterna pareció calmar su búsqueda, fueron vanos sus intentos para encenderla, sin embargo, creí conveniente establecer un contacto a través del trueque de algún objeto personal, que según mis ideas podía ayudar al niño en medio de lo que consideraba una naturaleza inhóspita. Finalmente, la transacción generó sus efectos: a cambio de algunos trozos de casabe, entregué a Mario una camiseta deportiva. Me alegré por lo que consideraba un valioso aporte, mientras me apresuraba a recoger mis cosas, pues el viaje debía proseguir.

Transcurrido medio año, retorné a Coromoto con otro grupo de turistas apasionados por la fotografía. En los tres días de permanencia en la comunidad, concentré la atención en ubicar las mejores locaciones para las tomas que ilustraron las páginas del calendario de una reconocida ong. Poco antes de continuar el viaje hasta San Carlos de Río Negro, conseguí tirada a un costado de la escuela la camiseta que había cambiado por casabe, pregunté por Mario y nadie me supo dar razón. Finalmente lo encontré pescando, traté de comunicarme, pero su actitud y rostro manifestaban más que enojo, decepción por no haberlo saludado antes. Muy contrariado, me monté en el bongo para proseguir con el itinerario. Atrás quedaba un niño decepcionado por mi actitud, quien manifestó en su franca inocencia infantil el desencanto porque no cultivé una incipiente amistad.

La lección que me dio Mario fue finalmente despedirse con una franca sonrisa en su rostro y el batir de mano, desde una piedra que sobresalía en el río. Comprendí que a pesar de mi egoísmo, un pequeño niño Yanomami finalmente me había enseñado lo importante de respetar los verdaderos valores de la amistad, que poco a poco se han ido disipando en una sociedad agobiada por una mal llamada modernidad.

Las comunidades indígenas arraigadas en la Amazonía venezolana, siempre han sido objeto de admiración y estudio, pues sus procesos de adaptación a las extremas condiciones de la selva que les han proveído de alimentos, vivienda, transporte y vestido; sin que por ello hayan intervenido negativamente su entorno natural. Muy por el contrario, la convivencia con la madre naturaleza está próxima a lo ideal.

Por estas y muchas otras razones de origen antropológico, operadores turísticos propios y foráneos han incluido en sus programas de viajes la visita y pernocta en comunidades indígenas particularmente sensibles y vulnerables; sobre todo ante el comportamiento invasivo y detractor de grupos de viajeros que solo desean ampliar su listado de lugares inhóspitos visitados.

¿Qué sentiría un viajero cuando a las puertas de su hogar se arremolinan una serie de individuos que jamás había visto? y que están ávidos por penetrar en un mundo totalmente ajeno al suyo. Sin temor a equivocarme, se sentiría invadido y hasta molesto, porque sus labores cotidianas se interrumpen con el constante “click” de las cámaras fotográficas y por la desfachatez de aquellos que no guardan el mínimo recato por el entorno ajeno.

Eso mismo sienten muchos indígenas venezolanos, pues en su mayoría son exhibidos como “obras” de museo de historia natural, sin importar la cosmogonía y trascendencia de su acervo cultural.

Poco a poco con ese actuar desmedido, se están viendo afectados hasta el punto de sufrir procesos de alienación y de un solo soplido puede quedar en el pasado la noble labor de seres que surgieron y vivieron de la selva, y que desean seguir siendo protagonistas de un entorno natural privilegiado, pero vulnerable a los embates de visitantes que se consideran culturalmente superiores.

Existe una fórmula sencilla y de fácil aplicación para aminorar las intervenciones durante las operaciones turísticas en áreas prístinas y con comunidades locales excepcionales. Basta con un comportamiento humilde y humano, desterrando la soberbia del hombre moderno. La visita debe ser en la medida de lo posible inadvertida; si existe alguna interacción, debe basarse en tratos genuinos, espontáneos y cordiales; dejando a un lado actitudes inquisitorias ante situaciones que puedan parecer fuera de tono para el “mundo moderno”.

La manera de interpretar correctamente a una comunidad indígena es observar con respeto, sin  prejuicios y procurando que todo transcurra como si nunca se hubiese visitado ese entorno, colmado de misticismo, riqueza natural y, sobre todo, refugio de seres excepcionales que han cautivado a través de la historia a los más connotados exploradores y académicos; demostrando que es posible convivir en armonía con la sabia naturaleza, dejando huellas imborrables a las generaciones futuras con acciones puntuales de sostenibilidad y responsabilidad.

Antonio Rivas 

25-08-2025

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