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miércoles, junio 24, 2026

“Valorar a tiempo las cosas sencillas de la vida”

Navidades 2018:

“Valorar a tiempo las cosas sencillas de la vida”

Este título tan significativo y cierto encabeza uno de los artículos de un hombre maravilloso, un ser humano con cualidades especiales que va llevando consuelo, amor y amistad a todas las personas que tienen la dicha de acercarse a él, bien sea por sus libros, por las redes sociales, o asistiendo a sus talleres. Se trata de Jaime Jaramillo, más conocido como Papá Jaime, es colombiano, predica la paz, y hace obras de caridad .Creó la Fundación Niños de los Andes desde 1980, cuando decidió sacar a seres de la oscuridad a la luz. Al día de hoy, la Fundación ha recuperado a más de 85.000 niños que fueron rescatados de las alcantarillas y las calles y lograron transformar sus vidas por medio de la Metodología Ser. Papá Jaime es un maestro espiritual de estos tiempos y¡cómo ayudan y reconfortan sus palabras! . Trabaja con un equipo de personas que también tienen vocación de servicio y están allí para atender nuestras inquietudes.

A propósito de estas fechas navideñas y ante la necesidad de escribir para que nuestros lectores se sientan mejor de ánimos, porque no es fácil lo que estamos viviendo los venezolanos, le pedimos su consejo, y aun cuando él se encontraba de viaje, Claudia, miembro de su “team”de apoyo nos respondió con una anécdota vivenciada por él y que pone de manifiesto que: “tenemos que valorar a tiempo las cosas sencillas de la vida”.

Amadeo el que vivía en un cambuche

Cuenta Papá Jaime: “En una de esas tantas noches frías bogotanas, bajo una lluvia implacable y a la luz de un farol titilante, las sombras de unos muchachos llamaron mi atención. Encima de unos pedazos de cartón y cubiertos con periódicos, Amadeo, Toribio y Piraña comían sobrados de una caja de basura. Al acercarme más, pude ver que ellos degustaban y compartían aquellos sobrados malolientes como si fueran un exquisito manjar. En medio de mi estupor, al observar aquella desgarradora escena tan habitual en las calles de esta ciudad, lo único que se me ocurrió decirles fue que dejaran de comer esa basura y se fueran conmigo a comer algo caliente y rico en la Fundación Niños de los Andes. Amadeo se levantó, se acercó sonriente, y dándome unas cuantas palmadas en la espalda me dijo: “Papá Jaime, no se preocupe, nosotros estamos bien y además ya estamos listos para ir a dormir a nuestro cambuche en el caño. ¿Mejor sabe qué? Lo invito mañana a que venga a almorzar con nosotros en nuestra alcantarilla de lujo, y le tendremos algo bien especial”. Esa noche llegué a mi hogar con un frío en el alma y un vacío que sólo mis dos hijos y mi mujer pudieron llenar. La escena se repitió en mi mente el resto de la noche y yo trataba de entender cómo esos muchachos podían encontrarse bien en medio de tanta miseria.

Al día siguiente salí a cumplir mi cita imaginándome qué tipo de comida me darían y cómo iba a hacer para comérmela. Cuando llegué allí, mi sorpresa fue grande al ver que me habían preparado un sancocho de gallina con papas; habían limpiado y organizado ese pestilente hueco, y pudimos sentarnos sobre unas piedras y un tronco de madera a almorzar. Mientras compartía con ellos ese momento llegaban miles de pensamientos y preguntas a mi mente. Una vez terminamos el almuerzo, Amadeo quiso mostrarme orgullosamente dónde dormía con sus “pareceros”…Y sigue narrando Papá Jaime:“De Amadeo aprendí muchísimas cosas. Era un muchacho que, a pesar de haber vivido en medio de tanta miseria, siempre estaba feliz, alegre y sonriente. Disfrutaba plenamente lo que tenía en el momento, sin importarle lo que no tenía. De él aprendí que los seres humanos vemos el mundo como lo queremos ver.

Arrastrado por las aguas negras del caño que fue durante muchos años su hogar, Amadeo murió dejando en mí una huella que con el paso del tiempo me hizo entender la importancia de volver a lo básico, a lo natural y a lo simple, al igual que un niño cuando brinca feliz en un pantano, sin importarle la suciedad. Aprendí también a disfrutar no sólo lo que ante mis ojos es lindo, limpio y agradable, sino también aquello que es feo, sucio y desagradable. Entendí que la belleza no está en el exterior, sino en mi interior, en la forma de pensar, ver y percibir el mundo. Por eso desde ese instante me regocijo diariamente con un atardecer, un nuevo amanecer, la sonrisa de un niño, el abrazo de un amigo, e incluso con aquello que para el resto del mundo es feo y desagradable” …

La moraleja

Esta historia nos trae enseñanzas y reflexiones muy profundas. En nuestro caso particular, el del país, muchas veces nos sentimos sin fuerzas para seguir luchando porque son tantos  los factores negativos que nos afectan diariamente, pero tal vez, deberíamos seguir el ejemplo de Amadeo en el sentido de   intentar ser felices  en estas Navidades con lo poco o mucho que tengamos  porque no vale la pena poner en riesgo nuestra salud emocional, sufriendo, quejándonos, amargándonos  ante situaciones que están más allá de nuestro dominio o de nuestras posibilidades de acción.

No permitas que te  gane la tristeza  y como dice Papá Jaime:”Ámate, quiérete, cuídate y valórate. Experimenta la presencia de Dios en tu corazón, siente que eres amado por Él y devuelve amor a quien te agrede. Ora como si todo dependiera de Dios y actúa como si todo dependiera de ti.

Arinda Engelke. C.C

Recomendamos visitar la página www.papajaime.com.

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