(Mateo 20, 1-16)

En la comparación de Jesús, en la que resalta la identidad del Reino de los Cielos, el propietario de la viña —al salir en un segundo momento e invitar a unos que estaban ociosos en la plaza, lo cual hace también con los del cuarto instante— les refiere el versículo que he elegido como título de esta reflexión.

En realidad, el propietario sale cuatro veces a buscar cultivadores para su viña. ¿Y qué significa? Que el propietario no quiere excluir del trabajo y del justo salario a todos a quienes convoca a trabajar en su labranza. Este propietario es Dios, y a unos nos ha convocado en un determinado momento a trabajar en el mundo y nos ha ofrecido su justa remuneración; a otros, en otro momento de la jornada de la vida. Con la sabiduría que nos da el Espíritu, entendemos este momento en donde, como María, hemos respondido «Sí», no para hacer lo que queremos, sino contando precisamente con Dios para hacer lo que Él quiere.

El llamado que Cristo nos hace no lo dejamos sumido en la noche profunda, pues a la variedad de personas a las que el mismo ha sido dirigido no la abrevia ninguna enciclopedia, sino la labor y la misión que, desde cualquier estado (sacerdote, laico), esa variedad de personas está realizando en esta tierra.

Quizás en ciertas ocasiones de la jornada de la vida hemos procedido, respecto al llamado, de forma parecida a los que el Propietario llama en el primer momento del día: esperar que haya de su parte una gratificación mayor que la de los otros; y, sin embargo, hemos experimentado que Cristo —el Propietario— no nos hace ninguna injusticia, ya que sin duda también hemos vivenciado en carne propia su imperecedera invitación: «Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados y yo les daré descanso». En la vida sobrenatural encontramos el consuelo efectivo de todo desencanto, decepción y aflicción.

Cierto es que en la primera lectura (Isaías 55, 6-9), el profeta recalca: «Mis pensamientos no son los pensamientos de ustedes, sus caminos no son mis caminos, dice el Señor». Es decir, nuestra vida no está incompleta; constituye un todo completo dentro de nuestra típica vulnerabilidad, pues las resonancias de la Sagrada Escritura como esta —«Para mí, la vida es Cristo, y la muerte una ganancia» (Segunda lectura, Filipenses 1, 20-24.27)—, en lugar de atemorizarnos, la centralizan aún más en una misión por la que la recompensa justamente divina no la seleccionamos como una alternativa más, sino por una elección por la cual seguimos probando el tesón afectivo de este imperativo evangélico: «Vayan también ustedes a trabajar en mi viña».

Hoy celebro 25 años de vida sacerdotal. Fui ordenado el 21 de septiembre de 2001 y, como aprendí en el Seminario ante el Texto sagrado, no puedo decir: tomo del mismo aquellas ideas que son susceptibles de integrarnos en una teoría espiritualista; pero sí voy a la Sagrada Escritura y sigo encontrando, en el mismo Evangelio de Mateo, la mirada, la voz y la expresión que, salida del corazón que en ellas se revela, continúa asegurándonos y asegurándoles a muchos más: «Sígueme».

En mi ordenación fui ungido in persona Christi por manos de Mons. Baltazar Porras, quien me configuró con el Buen Pastor. Desde el seno de la Arquidiócesis de Mérida, guiada hoy por Mons. Helizandro Terán Bermúdez, OSA, he caminado comprendiendo que esta unción, tanto a mí como a todo sacerdote, nos recuerda insistentemente su genuino fin. Y hoy, al cumplir esta misión en la Diócesis de Acarigua-Araure bajo el pastoreo de Mons. Gerardo Ernesto Salas Arjona, renuevo el llamado a trabajar en la viña donde el Señor me plantó. Aunque en algunas ocasiones pareciéramos olvidarla, oprimidos por los problemas o por la misma comodidad, la consagración sacerdotal nos subraya que fuimos sacados de entre los hombres y consagrados para encontrar a Cristo en sí mismo y en ellos.

20-09-26

Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.

Horaraf1976gmail.com