Venezuela idolátrica: Patriotas patrioteros

Por: Bernardo Moncada Cárdenas…

Apedréenme, pero jamás he sido un seguidor del culto a Bolívar. Quizá se deba a que, en mi infancia, pude experimentar con mis hermanos, gracias a nuestra amorosa tía que terminó siendo eficiente y dedicada paleógrafa en el Archivo del Libertador, jugar con naturalidad en los ambientes de la Casa Natal. Leer e idealizar el mítico «patio de granados», posible sitio de juegos del Bolívar niño, no es lo mismo que pasar el día viendo sus relativamente pequeñas dimensiones, como las de lechos, utensilios, zapatos y otros testigos de vida de aquel mantuano caraqueño.

Tampoco hacia los llamados símbolos patrios guardo más que un discreto respeto; la mirandina bandera tricolor, que compartimos con Colombia y Ecuador, me parece significativamente colorida y llamativa y punto, el escudo y el himno son expresiones de interés en cuanto llaman a la unión de los venezolanos, reconociendo respetuosamente que no son grandes obras de arte.

Recuerdo además que antes de fines del siglo XIX con Guzmán Blanco (promotor de esta unificación de representaciones colectivas y verdadero artífice de la nacionalidad venezolana, con no poca colaboración de Gómez y Pérez Jimenez), carecía de importancia tener símbolos patrios.

Evidentemente no todos mis compatriotas consideran así este asunto de la panoplia nacional. Ignoro si hay estudios psico-sociales que aborden el tema, pero a primera vista tendemos a concentrar una desmesurada atracción en esas representaciones. El supuesto respeto a la patria, que se expresa verbalmente, no se corresponde con la desidia con que tiramos la basura al «suelo patrio».

Somos patriotas, creo, de un ilusorio y rosado cuento de hadas, donde la varita mágica de un sobrehumano Bolívar trueca virtualmente la amargura y pobreza coloniales en emancipada felicidad y abundancia. Desconocemos el vórtice de conflicto, criminalidad e indigencia, que en realidad fue nuestro siglo XIX «independiente»; somos educados para ignorar, más que para saber.

Y muchos gestos simples que hacemos, según los conocidos códigos (in)morales de la llamada «viveza criolla», son patrioteras traiciones a la patria, cometidas por ignorantes: no amamos lo que no conocemos. Un acercamiento justo y mejor informado a nuestra propia historia nos rebajaría ese absurdo copete de «vivos» y sobrados que nos arruina y ridiculiza, pero al mismo tiempo nos pondría en mucho mejor posición para afrontar las amenazantes dificultades del presente.