(Juan 1, 29-34)
Seríamos incapaces de comprender verdaderamente al Hijo de Dios, si solo analizáramos este título sagrado, y no acudiéramos a quien, —el Espíritu Santo—, nos ilumina para creerlo realmente encarnado en Cristo.
Ahora bien, si también insistimos en una exclusiva reflexión racional sobre la acción del Espíritu en nosotros, no experimentaríamos la intensidad de su presencia tan sutil y primordial tal cual la vivió Juan el Bautista:
“Vi al Espíritu descender del cielo en forma de paloma y posarse sobre él”.
Esta epifanía nos ayuda a comprender al Espíritu Santo, a creerlo y a reafirmarnos frente a Él; nos “reafirmamos frente a Él”, porque no sólo tiene la posibilidad de transmitir la santidad, ya que ésta de ningún modo es una invención nuestra, o una técnica, sino la virtud por la que lo divino ejerce su influjo en el corazón de todo hombre y mujer.
Al respecto, siguiendo el pensamiento de la 2ª lectura, la santidad está distante de ser una mentalidad ya superada o un ejercicio a cuya naturaleza concreta y espiritual le marcan límites sectarios; en efecto, Pablo escribe:
“A todos ustedes, a quienes Dios santificó en Cristo Jesús y que son su pueblo santo, así como a todos aquellos que en cualquier lugar invocan el nombre de Cristo Jesús”.
A este nombre imposible imponerle algún límite a su competencia; lo invocamos, pues se manifiesta en todo lugar como una voluntad personal y, desde luego, no lo imploramos como si nos dirigiéramos a un automatismo impersonal. Por ende, este “automatismo impersonal” no tiene influjo sobre la fe; sino más bien el testimonio de la actitud humana, humilde, criatural del Bautista:
“El que viene después de mí, tiene precedencia sobre mí, porque ya existía antes que yo”.
Estas palabras nos corroboran que el Padre dejó en Juan una huella muy profunda en su vida interior, que, únicamente sostenida con sus limitadas posibilidades habría sucumbido ante cualquier fascinación o usurpación; de hecho, el Bautista acentúa:
“Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: ‘Aquel sobre quien veas que baja y se posa el Espíritu Santo, ése es el que ha de bautizar con el Espíritu Santo”.
Juan es guía de humildad y fidelidad, porque reconoce que su misión es preparar y señalar, no usurpar; y lo hace sustentado por la huella profunda del Padre y la confirmación del Espíritu.
En consecuencia, confesemos como el salmista:
“Esperé en el Señor con gran confianza; él se inclinó hacia mí y escuchó mis plegarias”.
18-01-26
Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.
horaraf1976@gmail.com




