Por Ricardo R. Contreras
En los últimos meses hemos sido testigos de una serie de acontecimientos que han limitado la libertad religiosa en Nicaragua, afectando gravemente a la Iglesia Católica en ese país de profundas raíces cristianas. La expulsión de las Misioneras de la Caridad, una congregación que ha estado presente en esa nación desde 1988, año en que la propia santa Teresa de Calcuta fundó en Managua una casa hogar, sorprendió al mundo católico, y a esta acción gubernamental han seguido una serie de actuaciones que restringen la posibilidad de practicar libremente el culto católico. Uno de los momentos más graves se experimentó en la Diócesis de Matagalpa, al norte de Nicaragua, cuyo obispo Mons. Rolando José Álvarez se vio asediado en las instalaciones de la Curia Diocesana, impidiéndole el libre ejercicio de su ministerio episcopal. Finalmente, Mons. Álvarez fue injustificadamente privado de libertad junto con el personal que le acompañaba. Este desalentador panorama ha generado profunda preocupación y, por ejemplo, la Arquidiócesis de Managua señaló: “El señor arzobispo Leopoldo Cardenal Brenes, tuvo oportunidad de visitar y conversar con Mons. Álvarez […]. Si bien su condición física esta desmejorada, su ánimo y espíritu están fuertes, […]. Esperemos que la razón, así como el entendimiento respetuoso, abran camino a la solución de esta crítica y compleja situación para todos” (Comunicado de la Arquidiócesis de Managua, 19/08/2022). Por su parte, la presidencia de la Conferencia Episcopal Venezolana, consecuente y solidaria con la Iglesia Católica nicaragüense, se manifestó señalando que: “Al deplorar tales acontecimientos, que son expresión no solo de una actitud hostil hacia la Iglesia Católica sino del grave deterioro del estado de derecho y de las garantías ciudadanas que sufre nuestro hermano país, unimos nuestras voces a todos aquellos que exigen hoy a las autoridades nicaragüenses el respeto a la vida, integridad y salud de todos los obispos, sacerdotes, diáconos, religiosos y religiosas, agentes de pastoral laicos, asegurando el pleno uso de sus derechos ciudadanos de movilización, expresión de las propias opiniones, y las garantías de libertad de culto y religión para todos” (Comunicación de la Presidencia de la CEV, 19/08/2022). Al mismo tenor, la Conferencia Episcopal Mexicana expresó: “los Obispos de México lamentan profundamente la delicada situación que se vive y que se ha ido agravando día con día. Con firme esperanza confiamos que las autoridades nicaragüenses recapaciten y retomen el respeto a las garantías individuales de cada persona, cesando así el deterioro que ha provocado esta privación de la libertad, dejando ver un grave atentado a los derechos humanos fundamentales, como son la libertad de expresión y la libertad religiosa” (Comunicado de la Conferencia del Episcopado Mexicano, 19/08/2022).
Muchos se han preguntado acerca de la posición de la Santa Sede ante esta gravísima situación, pero el caso es que el Vaticano actúa con el sigilo y la ponderación que exige la diplomacia y, con toda seguridad, a través de la Secretaría de Estado y las Nunciaturas, está utilizando los canales diplomáticos para evitar que la situación se siga deteriorando, y con el objetivo de consensuar una solución. Así lo hizo el papa Benedicto XV (Giacomo della Chiesa) y el papa Pio XII (Eugenio Pacelli) quienes, en medio de las guerras mundiales, se empeñaron en buscar caminos de conciliación y, agotados estos esfuerzos, se dedicaron con ahínco a ayudar silenciosamente a las personas más vulnerables y a las víctimas de la violencia por razones de raza o religión. Salvando las distancias y circunstancias históricas, sabemos que el papa Francisco sigue atento la situación de la Iglesia en Nicaragua, y se hacen esfuerzos por buscar alternativas al problema, pero la complejidad de los hechos exige mucha cautela, especialmente porque alrededor del mundo se observa un lamentable escenario que afecta la libertad religiosa y conculca los derechos de cristianos y católicos.
Actualmente, vemos con preocupación que resurge en muchas partes las ideas propias de una dialéctica materialista y, a pesar de que el tiempo ha demostrado que este discurso está agotado filosóficamente y solo ha traído tragedia y pobreza, abundan los cantos de sirena que vuelven a invocar un conjunto de paradigmas antirreligiosos que se encuentran reñidos con una de las facetas más humanas: la búsqueda de los valores transcendentales que tienen su manifestación práctica en la moral y la ética. Por esta razón, es importante tener un criterio claro ante el Vía Crucis que está viviendo la Iglesia en Nicaragua, pues existen problemas de fondo que son el reflejo de los conflictos internos que afectan a toda la sociedad latinoamericana. En tal sentido, no podemos perder la esperanza sobre la posibilidad de que prevalezca la sindéresis, se imponga la moderación en las actitudes, y se produzca un giro cardinal de la situación, a fin de que se cumplan los derechos humanos, y que la libertad religiosa, en el caso nicaragüense, pero también en otras latitudes, pueda retomar su espacio natural, a fin de que la religión siga siendo un medio para el encuentro, la reconciliación y el desarrollo humano integral.
21-8-2022




