(Juan 18, 1—19, 42)
En el momento más oscuro, aquel hombre que parece derrotado en la cruz, de acuerdo a la armonía del Salmo 30, está siendo desatado para enaltecer en y con su triunfo la esperanza inquebrantable.
Jesús no funda esta “esperanza inquebrantable” en el vacío. Con su humanidad reveló “obediencia”, no sumisión ciega; y en su obediencia sustentó un aprendizaje a través de la carne.
En hebreos 5, 8, el autor especifica esta frase, “aprendió sufriendo”, y, como seres humanos quizás interpelemos, ¿cómo puede Dios “aprender” algo?
La espiritualidad católica nos permite responder que Cristo, en su naturaleza humana, consiguió una comprensión vivencial del dolor que no tenía en su gloria divina.
Cierto, Jesús, nuestro Maestro y Pastor, es totalmente incomparable a un estoico impasible; Él cabalmente experimentó la angustia existencial frente a la muerte. Por eso, nosotros sus seguidores, aun con nuestras torpezas, confesamos que la Cruz no es sólo una ofrenda de sangre, sino un acto de máxima solidaridad.
Pilato exclama, Ecce Homo, “aquí tienen al hombre”, y como cristianos evitemos darle a esa expresión un sentido exclusivamente abstracto y peyorativo; Jesús como hombre aprendió desde dentro de la humanidad lo que significa ser hombre, y el fin de ello es sumamente diáfano: para que el hombre aprenda lo que significa ser Dios.
Asimismo, Pilato le pregunta por la “Verdad”; el procurador romano tenía de la verdad sólo una demostración pragmática y política; el pueblo judío entendía la verdad (emeth) como fidelidad a la Alianza; el Nazareno no le responde la pregunta a Pilato con un axioma, sino con su Presencia.
Esta Presencia aún nos rememora, “tengo sed” (Jn 19, 28), porque con esta palabra distinguimos la vulnerabilidad humana extrema, y, como creyentes, permite identificarnos con la fragilidad de Dios, pues, más adelante, entre los años 55 y 56 d.C, Pablo, desde Macedonia, escribirá: “la debilidad de Dios es más fuerte que la fuerza de los hombres” (cf. 2 Cor 12, 9).
Jesús es el Cordero “sin defecto” que carga con la culpa de los muchos. Él en la Cruz, —de instrumento de maldición pasó a ser de bendición—, no sólo sufre por nosotros, sino que sufre en lugar de nosotros, para restaurar nuestra amistad con el guardián y sustentador de toda la creación.
Luego de haber inscrito, Jesús “en su obediencia sustentó un aprendizaje a través de la carne”, enfatizo interpretar dicha proposición desde este pasaje de los Hechos de los Apóstoles, (cf. 8, 32-35), porque apoyado en él la Iglesia ha visto el pasaje de la 1ª lectura, (cf. Is 52, 13–53, 12), como una profecía cabal de la pasión de Cristo.
En efecto, después de la muerte de Jesús, en los primeros años del cristianismo, ese texto de Isaías posibilitó a los cristianos entender el por qué de su muerte, pues, ella no instaura un fracaso, sino un plan liberador.
En fin, el fragmento, “lo crucificaron, y con él a otros dos, uno de cada lado, y en medio Jesús”, también nos orienta a la mirada de María y el discípulo amado, ya que, en el silencio de la Madre de Jesús, Él en la Cruz no es una víctima pasiva, quebrada y ansiosa; al contrario, una superioridad apacible que desarma al agresor, y desde el patíbulo cual altar, es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, cuyo innegable dolor genera la integridad y la salud mental/espiritual.
03-04-26
Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.
horaraf1976@gmail.com




