Entonar un canto de alabanza a la Gloria de Dios, Creador del Universo

Jesús exclamó en fuerte voz, acentuando el brío enlazado en su afirmación, «“el que cree en mí, no cree en mí, sino en aquel que me ha enviado; el que me ve a mí, ve aquel que me ha enviado. Yo he venido al mundo como luz, para que todo el que crea en mí no siga en tinieblas”» (Jn 12, 44-46). Dios es el sostén originario e inaugural de todas las cosas. No es el fragmento de un espacio aparte, totalmente incomprensible; sino Él, que, en sus preceptos cubre y abraza a la humanidad con su misericordia; y ella apreciable en Cristo, he venido al mundo como luz, para que todo el que crea en mí no siga en tinieblas.

En este VIII día de la novena, (25-04-21) imploramos, «“Beato José Gregorio sana a los enfermos”».

Sanar solicita la solidez de una relación primera y fundamental: entre el hombre y Dios. En esta frase no se coloca antes a Dios, porque el ser humano es creatura suya, y, por lo tanto, está en su libre voluntad el hecho de corresponderle. Y en esto ha de valerse de la función reunida de los dos vocablos acentuados por Jesús: luz y todo el que crea. Luz y creer. Ningún ser humano se libra de la enfermedad. San José dudó. El corazón está lastimado por ello, y requiere curarse. ¿Cómo lo logró? El evangelio da la respuesta: «“no temas”» (cfr. Mt 1, 20). Esperó en Dios, vivificó la paciencia lograda; no se atropelló; de lo contrario empeora su situación anímica y corporal. Con razón la Biblia lo designa «justo» (cfr. Mt 1, 19).

Hoy rezamos, sana a los enfermos. José Gregorio probó la rudeza de la enfermedad. No sólo desglosó un concepto de la misma, sino también un sentido aprendizaje. Antes indicamos, relación primera y fundamental: entre el hombre y Dios. Esto no arrincona a Dios; más bien funda su justificación en los términos de Jesús: si alguno oye mis palabras; el que me rechaza y no acepta mis palabras. El hombre debe aprender a escuchar; debe seriamente proponérselo. El hombre de humanidad, fe y cultura, José Gregorio, era todo uno: en la Iglesia, en la docencia, en la puntual visita a los enfermos. La enfermedad de cada paciente no sólo la reduce a una perspicacia biológica; sino, asimismo, y primordial, a un ser humano que padece el sufrimiento en una excelencia definida: su dignidad.

El Salmo 66 señala, «que conozca la tierra tu bondad y los pueblos tu obra salvadora». Esta propiedad divina, bondad y obra salvadora, conduce a afianzar que el Altísimo no es un ideal; un principio exclusivamente conceptual; sino que resplandece en bondad y salvación, y así lo hace perceptible José Gregorio. De hecho, sin abandonar los dos vocablos del salmista, bondad y obra salvadora, se esboza el siguiente párrafo del texto de José Gregorio, Elementos de Bacteriología, del año 1906; a saber, «“[…] además de que servimos, en la medida de nuestras fuerzas, a la ciencia venezolana, hemos tenido presente el pensamiento con que Cruveilhier termina el prólogo de su tratado de anatomía: que escribir una obra científica es propiamente entonar un canto de alabanza a la Gloria de Dios, Creador del Universo”».

Jesús reitera, «“[…] mi Padre, que me envió, me ha mandado lo que tengo que decir y hablar”» (Jn 12, 49). Y Él, en la eucaristía, donde hoy colocamos la intención de este día, fue el insuperable instructor de José Gregorio. Ahora bien, el nuevo Beato legitimó tales concepciones en sus faenas. No despachó a los enfermos sólo administrándoles la terapia de las teorías. Los atendía, según se atestigua, con toda la suavidad de su carácter. En éste evoca la enseñanza de su mamá, me puso por guía la santa caridad; la de su padre, el cual le requiere estudiar medicina en lugar de abogacía, observando la necesidad de tantos enfermos, y la escasez de quienes los curaran con tino humano y docto; y, por último, desde aquellos aspectos recogemos este testimonio, justamente acaecido durante el contagio que azotó a Venezuela para 1918 (gripe española). José Gregorio había rechazado los servicios de un vehículo por parte del Sr. Otatti, (éste había montado una agencia llamada La Veloz). Sin embargo, ante la premura de la circunstancia, le explica, «“Doctor, a Usted que le gusta tanto hacer la caridad, ¿no cree que podría ver más enfermos al día si acepta mi ofrecimiento?” […] Comprensivo el Doctor Hernández permitió que le dejase con el chófer Luis Rodríguez el auto en aquellos días críticos […] El chófer recibía todas las mañanas la lista de enfermos que necesitaban recetarse […]».

Esa pregunta, ¿no cree que podría ver más enfermos al día si acepta mi ofrecimiento?, se ilumina, de un lado, desde lo exclamado por el Espíritu Santo en la primera lectura, (Hch 12, 24–13, 5), «“resérvenme a Saulo y a Bernabé para la misión que les tengo destinada”», tan claramente acogida en lo inscrito sobre José Gregorio, a usted que le gusta tanto hacer la caridad; y de otro lado, la confianza abrigada a su intercesión, en especial por quienes sufren la cruz del dolor.

El Beato José Gregorio se ha popularizado; y así como fue en vida, ahora en el Reino de Dios, su misión alecciona; pues, por sobre todas las cosas está Dios, porque con su limpio amor a Él, a la Virgen, a la Iglesia Católica, sigue esparciendo su socorro desde las manos del Creador en bien de sus hermanos. De esta forma, la pregunta enunciada en 1918, es de conclusión definiente, (aún no cerrada), porque el brillo de sus milagros emerge de lo que con seguridad apunta la Sagrada Escritura, «las almas de los justos están en manos de Dios» (Sb 3, 1); porque ha de aprehenderse con esmero la generosidad de Jesucristo, «“[…] no he venido al mundo para condenar al mundo, sino para salvarlo”» (Jn 12, 47).

María, Salud de los enfermos, San Rafael Arcángel, medicina de Dios, san José, hombre justo y protector de los aquejados; que elevemos a Dios, con fe, la resonancia de esta súplica, «“Beato José Gregorio sana a los enfermos”». Amén.

25-10-2024