En el marco de la celebración de la Virgen del Carmen Julio 2024
Si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles. Salmo 126, 1
Hoy, con esta expresión del Salmo 126, «si el Señor no construye su casa, en vano se cansan los albañiles», comienza un triduo de reflexiones desde el 14 al 16 de julio de 2024; ellas rememoran una homilía dirigida en la Iglesia El Carmen-Siervas del Santísimo Sacramento en la celebración de Nuestra Señora del Carmen del 16 de julio de 2015.
De hecho, la sobria casa de Dios, María de Nazaret, ha pertenecido a esta humanidad que aúna a una familia extensa: la familia de Dios. Desde la aparición de la pequeña «nubecita no más grande que la palma de la mano» al profeta Elías allá en el Monte Carmelo en Haifa (1Re 18, 43; 300 a.C.) hasta las promulgaciones del dogma de la Inmaculada Concepción (Pío IX, 1854) y de la Asunción (Pío XII, 1950), y, por supuesto, hasta nuestros días, esa sobria morada humana, —la Virgen—, ha sido el motivo de variadas inspiraciones y controversias.
De inspiraciones, porque ella, en su pobreza conservó un corazón puro y grato a los ojos del Altísimo.
De controversias, porque algunos cuestionaron y aún cuestionan la acción del Espíritu Santo en su concepción virginal y divina.
San Pablo muy bien indica de Cristo, «para que por su pobreza fueran ustedes enriquecidos» (2Cor 8, 9).
En cada celebración de la Virgen, el pueblo la venera como en quien Dios, como declara sensatamente el profeta Zacarías, viene «a vivir en medio de ti» (2, 14). Estas palabras recuerdan a la tercera estrofa del Angelus, «el verbo se hizo carne y habitó entre nosotros» (Jn 1, 14). La acción divina en la persona de María continuamente evoca a la humanidad su cercanía; Dios no puso sus ojos en su esclava por azar, fijó los mismos en ella para demostrarle al hombre, al pobre al rico, que ÉL gusta pasearse en el ser de los limpios de corazón para llamarlos dichosos.
María, en consecuencia, no tenía un corazón carente de Dios, sino un corazón pobre con una pobreza engrandecida por su confianza en ÉL, en efecto, en el Salmo de la Misa de la festividad, las palabras del Magnificat que el evangelista Lucas escucha de labios de María, indica: «porque ha hecho en mí grandes cosas el que todo lo puede» (1, 49). Y esta frase rememora otra hallada en el mismo autor sagrado, «para Dios no hay nada imposible» (v.37), expresada por el arcángel Gabriel al momento de la anunciación.
Desde luego, la pobreza y la riqueza señalan una cualificación; pero, ¿cuál es la cualificación por la que Dios se inclina? Todos tendemos a asegurar por la pobreza, pero, al mismo tiempo olvidamos la pobreza que a ÉL paternalmente le agrada: la de toda persona humana que, en la abundancia o en la escasez, siempre encuentra en ÉL el motivo para decirse y decir: hace en mí grandes cosas el que todo lo puede.
Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.
horaraf1976@gmail.com
14-07-24



