Esa calurosa noche, los mosquitos estaban particularmente implacables; no cesaban de importunar a los viajeros que esperaban la chalana para cruzar el Orinoco desde San Félix (estado Bolívar) hasta Los Barrancos de Fajardo, en Monagas.
El horizonte estaba totalmente oscuro; no se lograba divisar por dónde navegaba la chalana. Luego de 45 minutos y 4 kilómetros de río, en la distancia, algunas tenues luces anunciaban la llegada al destino.
Antes de calmar el hambre, fue más importante conseguir un lugar donde pasar la noche. En la calle Anzoátegui había un sencillo hostal; el recepcionista, muy amable, procedió a entregar las llaves de la habitación y un balde para abastecerse de agua en oxidados barriles que recogían el agua de la lluvia.
A poco que despuntaran los primeros rayos del sol, partieron rumbo a Barrancas del Orinoco. La carretera era algo solitaria para ser fin de semana, pero los paisajes que despuntaban bien valían la pena, porque estuvieron acompañados por los pinos del Bosque de Uverito.
En un tramo del camino, los viajeros se dejaron llevar por la intuición cuando cortaron camino por medio del bosque. Fue una decisión aventurada, que solo hicieron consciente cuando en el tablero de la camioneta empezó a parpadear la señal de combustible agotándose.
«Bienvenidos a Barrancas del Orinoco», anunciaba una enorme valla en la entrada del pueblo. Allí finaliza la carretera y emergen los caños que conducen a lo intrincado del Delta del Orinoco.
El bote se internaba cada vez más entre los diferentes brazos del río, arropado siempre por una espesa selva donde el sonido de las aves reina por doquier. Por instantes, decidieron apagar el motor para conducirse solo con el impulso de remos y tener suerte de toparse con algún manatí o un jaguar.
Al ingresar a Caño Mánamo, se empezaron a ver las primeras viviendas waraos, que, con bases de troncos sólidos, sostienen sobre el agua las estructuras de madera y palma.
Estas comunidades han habitado el Delta por centurias, llegando a ser la segunda etnia con mayor densidad poblacional en Venezuela. Desde un inicio, se han adaptado a las condiciones del paisaje, logrando sacar provecho de la pesca, la agricultura de subsistencia y, avanzadas las décadas de los 50 del siglo XX, la cosecha de palmito.
Según la cosmogonía warao, una de las fuentes de la vida es el agua. El hombre surgió luego que los animales y las plantas; de allí su interés por preservar el patrimonio natural que les rodea, y a ello han dedicado grandes esfuerzos.
En esta parte del Delta no hay caminos permanentes; la mayoría se anegan con las lluvias; por eso es común ver cómo se movilizan en pequeñas curiaras (botes estrechos) elaboradas artesanalmente. Aunque en años recientes ha aumentado el uso de motores fuera de borda, los remos, o “canaletes” como coloquialmente los conocen, sirven para impulsarse en caños estrechos, poco profundos y tan tupidos por los árboles y mangles que difícilmente entra la luz del sol.
Decir que los waraos son gente de agua no es una exageración; la demostración fue cuando los viajeros vieron a una anciana lanzar al agua a un bebé de escasos meses. Este no tardó en emerger y, con gráciles movimientos, logró nadar hacía su abuela, quien nunca le “quitó la vista de encima”, al tiempo que suspiraba y tragaba grueso.
Antonio Rivas
Especialista en Desarrollo Sostenible y Turismo comunitario y rural.
12 de mayo del 2026



