(Lucas 23, 35-43)
Jesucristo, rey del universo
Literalmente podemos decir que la frase elegida como título de esta meditación, alusiva a los soldados, solo subraya sus ironías y sarcasmos en relación al rey de los judíos crucificado.
Pero, ¿podemos bosquejar algo de la parte anímica de estos hombres respecto al sufrimiento ajeno?
¿Sería para ellos un mero momento para la aplicación de técnicas de violencia y así arreciar un sufrimiento en el cuerpo humano única y exclusivamente con el objeto de hacerlo confesar su real identidad?
De parte de quién estarían en ese preciso instante: ¿de los que acompañaban a Cristo sintiendo en sus corazones como su dolor también los punzaba, o, de los que meneaban la cabeza, hacían muecas, le obligaban a revelarse rebelándose contra la solemnidad de ese momento tan cruento?
¿Verían el cuerpo de Jesús, además de lacerado, consumido por la sed y tal vez, incluso disimulando con tal de no mostrar debilidad o un poco de simpatía al condenado injustamente, le gritan, “si tú eres el rey de los judíos, sálvate a ti mismo”; y contemporáneamente, “acercándose a él, le ofrecían vinagre?
Realmente, esas mofas contribuyeron, aun en un embrionario inicio, incluso un poco antes de que los apóstoles se convencieran de que no era una decepción lo que Jesús les había anunciado y demostrado, a difundir entre todas las gentes situadas alrededor del Gólgota, una genuina inscripción, “este es el rey de los judíos”, propia de la persona divina, humana, real, de Cristo; que a unos cautiva, llena de compasión y esperanza, y a otros escandaliza, y como no se les cumplió la espectacularización anhelada, regresaron contrariados y más disgustados a sus casas.
De algún modo, los soldados —no excluimos su participación en dicho martirio— también exteriorizan al menos una pizca de bondad inevitable en todo ser humano, y vemos simbolizado en ella: el poder de un rey de los judíos para bien de todos los hombres.
Estos grupos mencionados por el evangelista, (en este espacio los refiero a todos, autoridades, soldados, malhechor impenitente), negándola afirmaron la esperanza mesiánica, vivísima entonces como hoy, pues, “Cristo es la imagen de Dios invisible, el primogénito de toda creación”.
Tras lo dicho, sostengo categóricamente que la luz especial de Dios ilumina toda inteligencia para conocer la dignidad de su Mesías, y que, incluso en medio de sátiras e ironías, del temor a perder reinos efímeros, de acabar con el considerado rival de tantos, más bien, afirmemos “este es el Rey del universo”, tanto en griego, latín, hebreo… esquivemos con determinación la falsa piedad, lo encontremos triunfando desde la cruz y adorémosle resucitado y glorioso como en el que, recalca San Pablo, “tienen su fundamento todas las cosas creadas, del cielo y de la tierra, las visibles y las invisibles”.
En Cristo reconocemos un rey más que humano y terrenal; con razón ante Él manifestamos de modo semejante al malhechor arrepentido, “nosotros justamente recibimos el pago de lo que hicimos”.
Pero, cuando nos entregamos a la falsa piedad, estamos relativamente seguros, “si él es el Mesías”, “si tú eres el rey de los judíos”, “si tú eres el Mesías”; por ende, la verdadera seguridad está en la confianza humilde del que se reconoce necesitado, y, la auténtica fe no se expresa en el “si eres…”, sino en el “acuérdate de mí”, que abre la puerta del Reino.
23-11-25
Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.
horaraf1976@gmail.com



