Hacer las cosas bien hechas o no hacerlas!. Esa era la disyuntiva en los días de enseñanza hogareña. Hasta Tulio Febres Cordero, ilustre escritor de la tradición, recordaba la frase que remedaba las normas de la vieja escuela: “se aprendía la letra por fas o por nefas”. Aprendimos que en la vida hay que cumplir la tarea o no cumplirla. No hay espacio para el “medio-hacer”.
Cuando este mapa cambió, en lo político, social y económico, de manera tan impensada, los valores de la responsabilidad se fueron a pique en forma estrepitosa. Si los costos de tal servicio subían, de inmediato y para sostenerse en el mercado, comenzó la “viveza criolla” que traduce mermar la calidad del producto antes que rebajar su volumen de venta. Furia desatinada e inútil.
En la panadería ya escasea el ingrediente justo para el pan o el cafetín acorta la taza y abunda con el agua para que la mezcla rinda pero no baje el lucro. El restaurant suprime la cantidad y calidad en las viandas. Estas semejan el plato para un pajarito y no al cliente que desea pagar buen servicio. Si desmejora el control de calidad se reduce también la generosidad de otros días.
A nadie parece importarle si lo que hacemos es bueno o no, si lo que vendemos satisface o no al cliente, si el trabajo del mecánico, sastre o carpintero es útil. Total: “si ese se va, vendrá otro porque lo que interesa es que lleguen los reales”. Esa tendencia nos está devastando y al paso que vamos, terminará arrasándonos porque la inversión de valores arruina nuestra identidad.
No puede pensarse así: “si aquel me vendió un producto en mal estado y no lo repuso, yo hago lo mismo con mi cliente”. La cadena de descrédito no se rompe y al apoyarse esa conducta, el país se destruye desde un símbolo muy grato: la honestidad. Hagamos las cosas bien, sirvamos mejor cada día, entreguemos más en cada ocasión y ayudemos más, siempre que podamos.
Las generaciones por venir lo van a agradecer. Nuestro paso no habrá sido vano. El legado de nuestros padres fue honesto. No tiene sentido que les entreguemos un país derruido moralmente. No dañamos al gobernante si no a nuestros vecinos, compañeros o familiares. Un buen servicio habla mejor de su gente y de su tierra, a la que decimos querer pero no amamos.
Por. Ramón Sosa Pérez





