La Resurrección es una acción divina para la cual creemos y apreciamos un único sujeto como causa: Dios. En efecto, ÉL «lo resucitó [a su Hijo] al tercer día» (Hch 10, 40).
Dios ejerce sobre sus discípulos un poder inmenso, el cual hace notable la alegría de este domingo de Pascua no cual instinto de fanático sino cual sagacidad de asceta; es decir, de quien abre los ojos no a las ideologías, sino al testimonio más nutrido de vida y más permanente del resucitado, «hemos comido y bebido con él después que resucitó de entre los muertos» (v.41).
Lo que hemos visto (Cf. 1 Jn 1, 3) no sólo es una gimnasia de los ojos, tampoco una ilusión que envilece el cuerpo y el alma, sino la fuerza y la sabiduría del Padre mostrada en la profundidad de la tolerancia del amor del Hijo a la humanidad. El Padre y el Hijo son incansables trabajadores (Cf. Jn 5,17), especialmente cuando algunos pretenden falsear la vida en una especie de “pesimismo incurable”, ante lo cual más bien enfatizar, «te daré gracias, Señor, porque tu misericordia es eterna» (Salmo 117).
Por esta misericordia aspiramos elevarnos a mayor altura sirviéndonos del trabajo, la educación, la cultura, para lo cual también despabilamos una elevada espiritualidad, y precisamente elevada porque nos impele huir del estrépito de la dominación material; en efecto, este enunciado-imperativo de Pablo, «busquen los bienes de arriba, donde está Cristo» (Col 3, 1), quiere vernos triunfar no desfallecer ante tal dominación.
Al indicar en este Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor, “aspiremos elevarnos a mayor altura sirviéndonos del trabajo, la educación, la cultura”, y después referimos la cita de la carta a los Colosenses, asimismo recalcamos que en estas faenas compartimos con nuestros prójimos las penas y las alegrías, porque en este mundo llevamos en ocasiones vida tan dura, pero igualmente tan necesaria; y aun así en esas faenas, apreciadas dentro de nuestro trayecto vital, al igual que los discípulos de Emaús también nosotros percatamos, «mientras caminaban y discutían Jesús se les acercó y comenzó a caminar con ellos» (Lc 24, 15).
Cristo demuestra premura para compadecernos, para conservarnos en el ser muchos rasgos humanos, esperanza, alegría, paz, solidaridad, compañía, consuelo, etc., que varios sujetos en distintas situaciones, (la situación país, por ejemplo), los ven destinados a desaparecer; no obstante, con el regocijo de la fe y la sencillez notamos muy a menudo la constatación de esta sobria frase, «y entró para quedarse con ellos» (v.29).
31-03-24
Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.





