“Éste cambió la catadura”, decían los abuelos cuando querían recordar el semblante de alguien que en los años se les había desdibujado en su imagen. La frase hoy traduce el estado famélico que muchos llevan en su perfil, derivado de la aguda crisis que hace estragos en todos, sin excepción.
Nomás encontrarse 2 amigos que han dejado de verse por meses, se sueltan de bocas a mano un diálogo: “y esa vaina, tan flaco?”, “la dieta del gobierno lo tiene casi listo para los leones” o “como sigas así, desaparecerás sin aviso”, en insinuación a la delgadez que observa uno en el otro.
Nadie esconde su demacración física porque una cosa es comer y otra diferente es alimentarse. De lo primero, pocos lo hacen con la frecuencia de antes y de lo segundo, siempre serán más quienes desconocen cómo hacerlo pues el mermado salario no da ya para esos lujos.
Veamos. Tras la vitrina de pago la cajera solicitó a la cliente que facilitara su cédula para cotejarla con la tarjeta de débito y cuando accedió, la chica se quedó pasmada al evidenciar que ambas caras tenían diferencia notoria y hasta parecían hija la primera y madre, la que ahora mostraba.
Juvenil, maquillada, de ideal semblante y con peinado brillante, la de la foto pero con manchas, avejentada prematuramente, cabello entrecano y descuidado la segunda, amén de las arrugas que ya brotaron junto a las ojeras pronunciadas. La diferencia abismal hizo la explicación pronta: “Es la crisis que me tiene así!”.
Y qué no decir del caballero que en la oficina del banco mostró su cédula en taquilla ante la pregunta: “éste es Ud, señor?, el retruécano no se hizo esperar: “Es la crisis que me tiene así!”. Una cosa es lo que dice la cédula y otra muy distinta lo que traduce nuestra catadura.
No en vano las preguntas cuando nos saludan con frases obvias: “es que no te conocía, chico!” o aquellas consoladoras que son lenitivo en el trance: “así te ves mejor, es que estabas casi obeso pero por no contrariarte, jamás te lo dije”.
El problema no es de la cédula, evidentemente. El venezolano no se está alimentando bien y eso debería preocupar a quienes formulan las políticas nacionales. Vale la pregunta: ¿Las generaciones que nos sucedan podrán asumir el desarrollo del país con niveles de desnutrición como los que ahora se están generando?
Por: Ramón Sosa Pérez



