¿Y si la rueda hubiese perdido las elecciones?

Por: Rocío Márquez…

Imagino al inventor de la rueda presentando su proyecto:

—¿Experiencia?

—Ninguna. La acabo de inventar.

—Entonces, ¿cómo sabemos que funciona?

—Tendríamos que probarla.

—Imposible. Primero demuestre que funciona y después le permitiremos probarla.

Seguramente, la humanidad habría seguido cargando piedras durante unos cuantos siglos más. Por suerte, alguien debió cometer la irresponsabilidad de darle una oportunidad.

Las nuevas ideas tienen ese inconveniente: todavía no han ocurrido. Por eso, no poseen memoria y cuenta, ni estadísticas de gestión, ni mucho menos fotografías inaugurando aquello que todavía no existe. Son apenas ideas. Para convertirse en resultados necesitan algo bastante elemental: que alguien pueda ejecutarlas.

Últimamente, sin embargo, algunos argumentos de campaña para las elecciones de la Universidad de Los Andes señalan que proponer nuevas ideas y nuevas formas de hacer las cosas pierde valor, precisamente porque quien la plantea todavía no ha tenido oportunidad de llevarla a cabo.

Para estas personas, el razonamiento parece impecable: Para demostrar que puedes hacer algo diferente, primero debes haberlo hecho. Pero para hacerlo, tendrían que darte la oportunidad. Y para darte la oportunidad, primero debes demostrar que ya lo hiciste.

¡Qué complicación! El inventor de la rueda estaría en problemas y, muy posiblemente también Gutenberg. Cada inventor de la historia hubiese tenido que presentar antecedentes comprobables de su idea o hundirse en el agujero de la resignación, donde las nuevas ideas mueren para dejar que solo la permanencia tenga oportunidades infinitas de mantenerse.

Pero existe otro fenómeno todavía más curioso: las nuevas ideas parecen haberse vuelto incómodas.

Proponer que algo podría hacerse de otra manera comienza a interpretarse como una provocación, preguntar si existe una alternativa es una impertinencia, y disentir corre el riesgo de convertirse en una infracción contra la tranquilidad colectiva.

De esta manera, hemos perfeccionado una curiosa pedagogía del silencio, en la que es mejor no preguntar demasiado, no objetar, no proponer…

¡Qué contradictorio con lo que debería ser el espíritu universitario!

Recuerdo a un profesor de esta Universidad que, en mi vida de estudiante de Comunicación Social, nos alentó a pensar por cuenta propia, cuestionar lo establecido y atrevernos a imaginar que las cosas podían hacerse de otra manera.

“¡Qué peligrosa recomendación!”, pensarán aquellos que critican las nuevas ideas. ¿Saben por qué? Porque pensar por cuenta propia tiene efectos secundarios. Uno comienza preguntando, después duda, más tarde compara, y un buen día puede cometer la temeridad de tener una nueva idea.

¿Cómo entender a profesores que critican las nuevas ideas, que pretenden someter a los que piensan distinto a la dictadura del silencio?

Todo lo que alguna vez cambió el mundo parecía extraño al principio. Dalí se atrevió a pintar relojes derretidos, los hermanos Wright imaginaron que una máquina podía volar; y alguien, mucho antes, tuvo la revolucionaria ocurrencia de poner una rueda debajo de una carga en lugar de seguir arrastrándola. Por suerte, no les exigieron fotografías para demostrar que sus ideas habían funcionado.

Por ello, una universidad debería temer menos a las nuevas ideas y mucho más a quedarse sin ellas. Porque el cambio siempre comienza de la misma manera: Alguien imagina algo que todavía no existe y se atreve a decirlo en voz alta.

*Comunicadora social. Doctora en Ciencias Humanas. Profesora de la Universidad de Los Andes, Táchira.

29-09-2026

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