Y yo te digo a ti que tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia

(Mateo 16, 13-20)

Antes de estas palabras dirigidas por Jesús a Simón Pedro —«y yo te digo a ti que tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia»—, están las dos preguntas —llamémoslas recursos pedagógicos y mayéuticos— que Él mismo plantea y con las cuales afirma, tanto a ellos como a la gente y a nosotros: procúrense un sello y un punzón (en sentido figurado) para grabarnos su inintercambiable identidad en el corazón. Y esto lo hacemos ante la presencia de dos testigos fidedignos: Dios, Abbá, y nuestra conciencia.

Ese grabado, encarnado, vivo y edificado según la Palabra, nos ayuda a no temer lo que muchos temen padecer: rebeldía, autosuficiencia, apariencias de bondad y presunción de píos. Estas desorientaciones son una especie de trampa, y la auténtica identidad del Maestro, en palabras de Isaías, la comprendemos como «piedra donde se tropieza y roca que hace caer» (Is 8, 14).

Esta alusión al «quinto evangelista» (así denomina San Jerónimo a Isaías) nos vuelve la mirada a la perícopa evangélica de este domingo, sustancialmente al versículo-título de esta reflexión: «Y yo te digo a ti que tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia», el cual centra nuestra atención en el vocablo «piedra». Esta en griego es petros, masculino, para el nombre propio; petra, femenino, para roca o peña; pero, como Jesús hablaba en arameo, el término que emplea —kēp̄ā— es el mismo para ambos usos; esto es, originalmente la frase presenta esta morfología: «Tú eres Cefas (kēp̄ā), y sobre este Cefas (kēp̄ā) edificaré mi Iglesia».

En el término arameo kēp̄ā, ambos usos se integran para garantizarle a la Iglesia una solidez por la que «los poderes del infierno no prevalecerán sobre ella», pues su indefectibilidad está asistida por el Espíritu Santo. De ahí la gran importancia del versículo-título, que, enmarcado en las dos preguntas pedagógicas, nos impele a reconocer en la segunda —«y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?»—, directa e íntimamente, un encuentro personal con Jesucristo y su revelación.

Interpelémonos: ¿cómo un pescador de carácter impulsivo, y con debilidades conocidas, recibe la identidad de «roca» (Cefas)?

Jesús no ve en dicho carácter un peligro tremendo; tampoco lo define únicamente por su constitución biológica, pues la vocación petrina trascenderá sus capacidades naturales; es decir, ella no reside en la psicología propia de Simón, sino en la gracia y el encargo divino, el cual le asegura que Dios estará presente con tal de que Pedro cuente siempre con Él.

No rechacemos, ni aun cortésmente, el desafío de la fe, la esperanza y la caridad; este desafío ya nos manifiesta lo que somos para Cristo y lo que Él hace a través de nosotros. Por supuesto, en la vida hemos de demostrarnos que la caridad no nacerá un poco después, al rato de la fe y la esperanza; al contrario, nace con ellas, porque, como le canta el salmista a Dios: «Siempre que te invoqué, me escuchaste y aumentaste la fuerza de mi alma» (Salmo 137, aclamado en la Eucaristía de este XXI domingo del Tiempo Ordinario).

23-08-26

Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.

horaraf1976@gmail.com