Por: Ramón Sosa Pérez…
En 1984 un maestro de escuela sucrense y parlamentario a quien había conocido en la lucha social de los pueblos del sur, me invitó a participar en una tertulia que en el centenario del natalicio de Rómulo Gallegos se celebraba en la ciudad. Raúl Castillo presidía la Comisión de Mérida y advirtió a tiempo el interés por la literatura en mis pininos docentes.
Castillo Mendible, buen lector y notorio Orador que había ocupado la Jefatura de la Zona Educativa de Mérida, admiraba al novelista y en ese agosto concertó en Mérida la presencia de Pedro Díaz Seijas, Presidente de la Academia Venezolana de la Lengua y Sonia Gallegos, hija de Don Rómulo, ambos de una sencillez afín al genio del homenajeado.
Con 21 años de edad y exiguo roce en el mundo intelectual, era poco lo que sabía de los personajes aun cuando mi lectura, ya enjundiosa de la obra galleguiana, me situaba en peana de indulto para discutir sobre la temática. Pergeñé lo que reconozco como mi primer “paper” para hablar del escritor en la Casa de La Cultura Juan Félix Sánchez.
En estas pascuas he repasado el episodio habido cuenta de la evocación que me trajo Sonia Gallegos el pasado 19 de diciembre al presentar la nueva edición de La Trepadora, la gran novela de su padre, publicada en 1925. El centenario es oportuno para revalidar en esa obra literaria lo que Don Rómulo certificó desde el hermoso proemio que le dedicó María Josefina Tejera: “es hora de confiar un poco. Nuestra literatura ha sido desesperanzada”.
Se refería el Maestro a la prevalencia de una suerte de manifiesto contra el pesimismo, aspecto muy dominante en la literatura venezolana de finales del siglo XIX y principios de XX, que dio prioridad al sentimiento de derrota y fatalismo como argumento que no cedía sino que, al contrario, subyugaba al hombre a la postración a perpetuidad.
Esa desilusión y conformismo nos situaba en el escenario de una impavidez sin salida, una posición de desencanto que, a juicio de Don Rómulo, tenía que desterrarse y en su lugar, anticipar el derrotero de confianza que venciera la hostilidad y el pesimismo, contando con la fortaleza de una literatura más comprometida en lo social y político.
Ese contexto de pedagogía que don Rómulo Gallegos convierte en exhorto, convocaba a escribir desde el argumento cultural, educativo, pragmático en la construcción de un país que merecía el aporte de sus creadores. De allí que le llamemos Maestro de la Juventud venezolana porque bosquejó en sus novelas la patria que merecíamos.
Los recuerdos me llevan a aquella tarde de agosto de 1984 en el encuentro con Sonia Gallegos. Su sensibilidad era palmaria en el relato franco que develó el pródigo anecdotario familiar de Don Rómulo y Doña Teotiste, la pareja ejemplar que a falta de hijos biológicos su noble hogar la cobijó a ella y a Alexis, hermanos en temprana orfandad.
Pasadas más de 4 décadas del encuentro con la hija del novelista, mi memoria retiene los conceptos con absoluta claridad, aprendidos en el regazo paterno del escritor que supo bosquejar el paradigma del venezolano de la época. Desde su dogmática lección, el Maestro Gallegos orientaba a la patria naciente del despotismo gomero.
En sus novelas estaba la crítica -acerba quizá- pero que contenía la lección necesaria para enmendar el errado proceder público. En La Trepadora, Hilario Guanipa anhela un hijo varón para “desde chiquito ponerle un machete en la mano y hacerlo Presidente de la República”, denunciando la entonces vigente ruta tosca y montaraz para gobernar.
Nos cuenta Juan Liscano en su biografía sobre el escritor que la aparición de la novela Doña Bárbara en 1929 provocó elogios en los sectores progresistas del país por el simbolismo que encarnaban sus personajes, v.g. el Hato Altamira frente al Hato El Miedo o la barbarie de la protagonista frente a la mirada de esperanza que figuraba Santos Luzardo.
Se le llegó a decir al dictador que Gallegos lo calcaba en Doña Bárbara amasando riquezas y fijando linderos a su ambición. Pidió el viejo gamonal a uno de sus edecanes que le leyera la novela y como cerraba la noche sin concluirla, encendieron los faros de 2 vehículos hasta finalizarla. El biógrafo cita a Gómez: “esto no es contra mí porque está muy buena”.
Lo nombró Senador por Apure pero el Maestro no cayó en la celada del Congreso irreal. Desde Nueva York el 24 de junio de 1931 renunció al curul que pretendía silenciarlo. No estaba hecho a la altura de los aduladores ni cabía en la camisa de fuerza de sus secuaces. En el centenario de La Trepadora, primera novela optimista de nuestras letras, honramos al Gallegos profundamente humano que conocí a través del prisma de su hija Sonia.
28-12-2025



