(Juan 18, 5)
Estamos enterados de los momentos en los cuales Jesús se autodenominó Yo soy.
Es decir,
Yo soy el pan de la vida (Jn 6, 35).
Yo soy la luz del mundo (Jn 8, 12).
Yo soy la puerta de las ovejas (Jn 10, 7).
Yo soy el buen pastor (Jn 10, 11).
Yo soy la resurrección y la vida (Jn 11, 25).
Yo soy el camino, la verdad y la vida (Jn 14, 6).
Yo soy la vid verdadera (Jn 15, 1).
Yo, que Soy el Maestro y el Señor (Jn 13, 14).
Y, antes que Abraham naciera, Yo soy (Jn 8, 58).
En tal identidad, Yo soy, el Hijo del hombre es manifestación de la soberanía de Dios; por ende, esa frase personal no es en modo alguno concluyente.
Está actuando ahora como ante los aprehensores, ante los miembros del Sanedrín, ante Pedro y sus negaciones, ante Pilato y su indecisión, ante Herodes y sus ironías, ante esa gran parte de la muchedumbre mudada en un santiamén de parecer, ante los discípulos, ante María y Juan, ante las mujeres de Jerusalén, etc.
Esto es, ninguno de ellos, mucho menos nosotros, puede forzar el sentido de tal frase para adaptarla a su existencia, porque su sentido cristocéntrico, bíblico, sólo a Jesús no le es insuficiente.
Él es un Yo soy verdadero Dios, verdadero hombre, aquí y ahora, en la agonía, en la cruz, y en ninguno de ellos es provisional, porque sublime reina con el poder del amor que llegó y llega hasta el extremo (Jn 13, 1).
En la crucifixión, Jesús, el genuino Yo soy, que con seriedad da la cara, nos enseña especialmente en momentos difíciles, a no prescindir de la ayuda de lo alto, como si todo lo hiciéramos bien sólo por nosotros mismos.
En realidad, el Yo soy de Cristo no es una receta para alimentar yoes superfluos, al contrario, fuente inagotable para vivir de su bondad.
La autoridad de Jesús es bondadosa y verdadera.
A Pilato, Jesús con su respuesta le niega ser rey tal como el procurador imaginaba.
La autoridad de su Yo soy, frente al que retrocedieron los soldados y cayeron por tierra, de ninguna manera está restringida a algún reino o a algún círculo; es amplia; su poder «se manifiesta ahora en su mansedumbre, su grandeza en su sencillez y cercanía» (Benedicto XVI, 2007, 94).
La crucifixión nos aclara que, como explica Benedicto XVI, un morir en el que no naufrague sólo lo nuestro, indica ni comunión con Dios ni redención (2007, 95).
Y en esas dos acciones, comunión y redención, el Yo soy de Cristo está orientado al discípulo que, al atenderlo y vivirlo, no lo adapta de modo indebido, al contrario, camina con Él.
El discípulo ha de pedir con frecuencia claridad para ponerse ante el rostro de Dios, sin obviarlo primordialmente calcado en los humildes, pues de otra forma le causaría una gran sacudida y escandalizado concluye retrocediendo y cayendo por tierra.
La mirada dirigida al rostro de Dios en los pequeños, mira acompañada con caritativos y efectivos gestos; al respecto Benedicto XVI subraya, «con Jesús, entra la alegría en la tribulación» (2007, 99).
«Sean fuertes, cantemos con el salmista, y valientes de corazón, ustedes, los que esperan en el Señor» (Salmo 30).
Referencia:
Ratzinger, Joseph. (2007). Jesús de Nazaret. Primera parte. Desde el bautismo a la transfiguración. (C. Bas Álvarez, Trad.). Editorial Planeta.
18-04-25
Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.



