La guía turística se encontraba bien dispuesta para acompañar a sus visitantes. Tras unas breves recomendaciones, inició el recorrido por las “entrañas” de la Catedral de Sal de Zipaquirá.
El solo hecho de sentir que se está decenas de metros por debajo de la superficie es una experiencia interesante, pero tratar de interpretar cómo la imaginación y el esfuerzo de algunos hombres lograron tan majestuosa obra es algo complejo de procesar.
A medida que se avanzaba por los túneles, surgían nuevas preguntas, y todas fueron aclaradas con excelentes argumentos técnicos y un toque de simpatía colombiana.
Entre salones cavados en la roca madre y obras talladas a partir de una concepción religiosa, Zipaquirá iba dejando cada vez más maravillado al viajero.
No es solo suntuosidad y sosiego lo que se experimenta; además, el lugar invita a reflexionar sobre los retos constantes de la vida y la manera sencilla y sabia de afrontarlos. Definitivamente, no hay nada imposible para el hombre si combina fe, conocimiento, visión y fraternidad por los demás.
Quienes regentan Zipaquirá han sabido adaptarse a la modernidad y la tecnología sin perder lo esencial de la identidad y el sentido de pertenencia por la madre naturaleza que les cobija. Cada espacio en las profundidades de la Catedral ha sido bien aprovechado para proveer información sobre la formación de la corteza terrestre, la ecología local y también sobre la cultura colombiana, en la cual su espiritualidad está implícita.
No todo es caminar entre túneles y esculturas en piedra; se puede dedicar una parte importante de la experiencia a disfrutar de la gastronomía colombiana basada en el cacao, el café, frutas y otros productos locales.
Las memorias del visitante no se alimentan solo con imágenes, sonidos y sensaciones al tacto, sino también con productos tallados en sal que permiten a sus creadores expresar ideas, fantasías y hasta sentimientos de fuerte arraigo por la tierra colombiana.
Zipaquirá cuenta con recursos naturales únicos, y su aprovechamiento racional se alcanza cuando hombres y mujeres, viejos y jóvenes, unen iniciativas que forjan un futuro común mejor.
El silencio, la luz y la atmósfera interna de Zipaquirá hay que experimentarlos en cada rincón y, para esto, solo hay que dejarse guiar por la búsqueda constante del conocimiento y, en especial, por el sentido de valorar y promover el ímpetu colombiano que germina en cada uno de sus habitantes.
Si el interior de la Catedral deslumbra, es justo reconocer la magnificencia de la naturaleza y el ambiente que brotan sobre ésta, representados en árboles, montañas, flores, aves y, sobre todo, en su noble gente, que con fe y tesón alcanzan los sueños de desarrollo que se proponen como comunidad.
Antonio Rivas
Especialista en Desarrollo Sostenible y Turismo comunitario y rural.
09 de junio del 2026
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