Por: Rosalba Castillo…
En esta cultura de la inmediatez y de culpas en que vivimos, nos resulta difícil detenernos a establecer límites, a demarcar el territorio frente a aquello que nos hacen sentir incomodos. Con mucha facilidad rebasamos nuestros espacios y el de los demás. En medio de sonrisas, del acoso, o la manipulación, sobrepasamos de manera consciente o inconsciente nuestras fronteras y las del otro. Nos sobre exigimos para complacer a los demás, sin descubrirnos fuera de nuestra zona de confort. Fuimos educados para ser buenos, pero no felices y de pronto nos encontramos en escenarios de frustración que, sumados uno a uno, nos producen infelicidad. Complacemos a los padres, familiares, parejas, amigos, y jefes, con la intención de sentirnos validados por ellos, mientras, nos dejándonos de últimos en la lista de prioridades. Se hace urgente establecer los difíciles linderos para recuperar el equilibrio en nuestras relaciones.
Hemos aprendido el ejercicio de construir estos espacios de nuestros padres, maestros, gobiernos y de las iglesias, de una manera impositiva, para conseguir el control, convirtiéndonos en culpables si los trasgredimos y también en merecedores de castigos. La educación en libertad, siempre ha sido una amenaza para los sistemas de relaciones sociales. En tiempos de transformación y de autobservación, requerimos dialogar, establecer acuerdos, delimitando líneas y conductas. Necesitamos mejores relaciones en nuestras vidas, para ser mejores personas, mejores parejas, mejores familiares, mejores ciudadanos del planeta.
La primera línea divisoria que se nos hace necesario establecer es con nosotros mismos. Producto de descubrirnos en nuestra vulnerabilidad. Saber qué queremos y sobre todo qué no queremos. Luego de atravesar el dolor, la tristeza, la incomodidad y la frustración, podemos levantarnos y demarcar esa delimitación del territorio: el límite conmigo mismo. Ese reconocer que nos produce beneficios y que no. Tenemos limites inconscientes y consientes. Esos inconscientes vienen de lo aprendido, de escalas de valores de otras personas. Ahora, nos vemos repitiéndolos de manera mecánica, a pesar de que no tengan afinidad con nuestro ser. Es el momento de abrir esa caja de paradigmas ancestrales y revisarlos uno a uno, dejando aquellos que se asemejen a nosotros y que siempre nos brinden felicidad.
Construir espacios de límites nos hace vivir en armonía con nosotros mismos. Tener la certeza de que vienen desde el amor que nos tenemos. Solo así podemos negociar los territorios de la de relación con el otro, donde consensuamos sus fronteras y las nuestras. Crear limites permite que existan acuerdos claros y flexibles, desde el amor propio de ambos, dibujemos el límite con nosotros mismos, para poder, acercarnos de una manera más íntima con los demás. Si simplemente no los construimos, siempre viviremos dispuestos con lo que desean los demás. Nos cuesta establecer estas líneas de protección pues no fuimos educados para ello. Siempre hemos sentido temor de perder las relaciones, si construimos esas franjas de demarcación entre unos y otros.
Crecimos con el estigma de que construir limites sería un proceso complejo y en ocasiones imposibles. Sin embargo, resulta mucho más sencillo de lo creemos. Se trata de reconocernos en aquello que no queremos y expresarlo desde el amor. Cuando los diseñamos, los introyectamos y los expresamos, haciéndolos sentir de manera constante. Las personas y nosotros mismos terminamos oliéndolos y aceptándolos como parte de nuestro ser, partiendo de deseos y códigos de respeto en las relaciones. El acercamiento necesita pautas claras. Un buen ciudadano conoce las leyes, un maestro asume normas de convivencia transparentes. Los padres desde el amor dejan claras las normas de relacionarse, una pareja desde la afinidad y el amor conforma los consensos.
A veces priorizamos las necesidades de los demás sobre las nuestras y nos perdemos en la culpa. Se hace necesario detectar las situaciones que nos generan malestar, analizar el motivo que nos hace llegar a esa situación de inconformidad, no autoexigirnos, recordar nuestro valor, ser asertivos y sobre todo decir no, mientras nos decirnos sí a nosotros. Hacernos cargo de uno mismo. Tenemos el poder de pensar en aquello que nos ocurre. Solo nosotros podemos controlar aquello que pasa en nuestra mente. Nuestros pensamientos nos pertenecen y solo nosotros podemos asumir lo que queremos hacer con ellos, mientras ellos nos hagan estar en malestar. La salida consiste en establecer condiciones para recuperar ese bienestar personal, tan necesario para lograr la armonía. Y esos son los indispensables límites.
De las elecciones que hagamos en nuestra vida, depende la felicidad de la misma. No resulta tan fácil, cambiar la manera de sustituir ciertos patrones, pero si es sencillo mirarnos para descubrir cómo nos podemos sentir mejor a partir de implementar barreras defensivas desde el amor y si perdemos relaciones por implementar limites, realmente nunca existieron. Respetemos nuestras individualidades y aceptemos que somos distintos.
Rosalba Castillo.
13 08 2022




