Para el que profesa con naturalidad la fe, sea lógico, matemático, físico, psicólogo, psiquiatra, médico, filósofo, teólogo, etc., admite, ingeniosa e íntimamente, un Ser sumamente inteligente, humilde y enteramente primero en inteligencia, la cual está medida en ÉL MISMO, porque en ella ÉL incluye al hombre, que, creado por ÉL, padece los efectos de su afín inteligencia no cual desabrida atribución, y de tal forma con la que conserva nexos reales, insustituibles, con ese Ser cuya inteligencia nadie, ni aun con todo el adelanto de la inteligencia artificial, se la han concedido; pues, aunque en acto indefinida, el hombre la define en su definida inteligencia como del Ser sumamente inteligente y no suya, ni del ángel. En efecto, en el artículo anterior se concretó que la inteligencia del viviente humano no es un posible apenas capaz de existir.

Ahora bien, cabe cuestionar, ¿aumenta la inteligencia cuando piensa la activa influencia de la inteligencia divina en ella?

La inteligencia del hombre ha sido donada por la de un Ser sumamente inteligente la cual marca un firme progreso: recapacitar tal “activa influencia” de ningún modo es y ha sido pensarla con una inteligencia cerebral que se reduce sustancialmente.

Es un error admitir que la inteligencia humana obsequiada por el Ser sumamente inteligente al aumentar se distingue sustancialmente de la que le fue proporcionada, pues, equivaldría a afirmar: se autoproduce o procede de un anónimo indescifrable; imposible, hasta simplemente nombrarlo.

Desde luego, la inteligencia humana a la divina le es relativamente esencial; requiere de todo cuanto constituye el órgano del cerebro, de la expresión inmediata de acumulación de impulsos en él, incluso del robustecimiento o debilitamiento de sus elementos biológicos y químicos, para que los impulsos reaccionales exijan la determinada fuerza mental que han de exigir.

Ciertamente, esta actividad finita del cerebro humano no es un contravalor de la de Dios, como si se tratara de una inercia relativa en relación al alto nivel alcanzado de su salida desde ÉL; en lugar de apreciarlo así, tal “salida desde Dios” imprimió su serle “relativamente esencial” y a la vez su correspondiente aptitud para afrontar operaciones extraordinarias en su proceder ordinario como, por ejemplo, el hecho de examinar y aseverar: tal salida desde Dios imprimió su serle relativamente esencial.

La profundización de tal idea subraya “el ascenso” de la inteligencia humana de la divina con el cual permite y refuerza sus disponibilidades mentales, no al modo de una totalización de valores, —así, de apreciar a Dios como creador más bien lo aprecia como un erogador—, sino desde una comprensión activa del Ente Emisor, Dios mismo, a partir de la cual la inteligencia humana cristaliza e irradia la certeza de su concerniente actividad creadora.

Esto, en lugar de desestabilizar la conciencia “de su ser relativamente esencial”, dispone su ingenio como un movimiento armonizado entre el mejoramiento de los distintos componentes físicos del cerebro con su peculiar desempeño.

En consecuencia, de estas explicaciones, aunque inconclusas, puede observarse la idea de la inteligencia humana desde una significativa salida, en una trayectoria ascendente, hacia la inteligibilidad de la correspondencia Creador‑creatura. Y a la inteligibilidad de esta correspondencia el Doctor Seráfico le proporciona estos útiles razonamientos; uno, «lo que se conoce se conoce por razones creadas» (San Buenaventura, «De scientia Christi», c.IV, 14, 193); y dos, «espíritu racional, en cuanto éste es imagen de Dios» («De scientia Christi», c.IV, concl., 201).

Bibliografía:

San Buenaventura, «De scientia Christi», Obras. T.II, ed. León Amoros, BAC, Madrid, 1946.

Horacio Carrero, «¿El robot sabe de no saber?», 20-02-25, en:

https://comunicacioncontinua.com/el-robot-sabe-de-no-saber/.

27-02-2025

Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.

horaraf1976@gmail.com